Opinión

EPN no puede ser más un presidente imperial

Los historiadores Arthur Schlesinger en Estados Unidos y Enrique Krauze en México han hecho alusión al carácter “imperial” de los primeros mandatarios de ambos países. Éstos comparten sistemas presidencialistas –donde el Poder Ejecutivo parece dominar sobre el Legislativo y Judicial– en los que la personalidad y perfil sicológico de cada presidente imprimen un sello a sus mandatos.

Uno esperaría que Enrique Peña Nieto, un presidente joven, bien parecido, con una esposa que también lo es, y que ha tenido logros históricamente trascendentes, debería ser popular. Pero, no recuerdo a otro presidente que haya atraído tanta crítica desde lo frívolo hasta lo racional. Una parte importante de la población rechazará cualquier cosa que haga este presidente, por exitosa que sea; si camina sobre el agua, lo criticarán por no saber nadar.

En mi opinión, él tiene buena parte de la culpa. Se le percibe como una persona rígida y lejana que sólo escucha a su “corte imperial”, compuesta por Videgaray, Osorio y Nuño, y parece mucho más preocupado por defender la imagen de las reformas, que por profundizarlas para que realmente provoquen los cambios necesarios.

El presidente y su equipo han proyectado una imagen que por su envanecimiento es peligrosa. Ellos están a cargo, ellos resolverán los problemas, ellos se encargarán de todos. Dejan al pueblo de México en un asiento donde a veces hace funciones de espectador, a veces de juez, y otras de víctima, pero nunca es el socio en el cambio, nunca es corresponsable, nunca está empoderado.

El trío de notables hace todo con el presidente: viajan con él, inauguran obras y lo acompañan en juntas o temas que no necesariamente tienen qué ver con sus funciones. Es ínfima la probabilidad de que entre los tres tengan todas las herramientas y conocimientos necesarios para resolver la amplísima gama de problemas de México. Necesitan escuchar más, necesitan pedir ayuda, y les urge compartir la carga no sólo con mucha gente inteligente que está ansiosa por participar, sino con el pueblo de México que tiene que levantarse de su silla de espectador para volverse un actor importante.

El martes tuve el privilegio de escuchar al Dr. Peter Drobac en la Universidad de Harvard. Él es uno de los expertos que diseñó la política de salud pública de Ruanda en la década posterior al genocidio de 1994, cuando hubo un millón de muertes en cien días en ese país. Cien mil habitantes asesinaron a algún semejante, y cuatro de los diez millones de habitantes tuvieron que migrar de sus hogares. La esperanza de vida bajó a 28 años de edad. Después de una crisis tan brutal, quedaron seis pediatras para atender a 5.5 millones de niños en todo el país. A pesar de una situación así, fue posible articular una impresionante política pública que logró reducir la mortalidad por Sida, tuberculosis y malaria en más de 70 por ciento. Su economía ha crecido 7.6 por ciento por año durante la última década.

Como dijo Drobac, no podíamos esperarnos a construir universidades y graduar a doctores antes de enfrentar el problema. Lo hicieron: descentralizando, empoderando a la comunidad, diseñando sistemas medibles, haciendo que las funciones que realiza un doctor las hiciera alguien más con el apoyo y protocolos adecuados, desarrollando herramientas para medir el éxito de cada solución adoptada y así difundir las más efectivas, compensando a los involucrados de acuerdo al éxito alcanzado, haciendo que la gente se sintiera responsable de los resultados y asegurándose de que la política de salud estuviese perfectamente sincronizada con la económica, la agrícola, con las políticas para lograr igualdad de género, etcétera.

Aun en casos extremos, las soluciones son posibles cuando la gente deja de ser observador y receptor de ayuda, y se vuelve parte de la solución. ¿Cuántas veces hemos escuchado que no se puede combatir al narcotráfico porque no hay policías entrenados y honestos? ¿Cuántas veces nos han dicho que es imposible resolver el problema educativo rápidamente porque sería políticamente suicida que el gobierno se enfrente de verdad al SNTE y a la CNTE?

Problemas de esta magnitud se resuelven de abajo para arriba. El presidente imperial tiene que salir del palacio escuchar a los mortales que están lejos de su corte, y tiene que empoderarlos.

El poder de SNTE y CNTE termina donde empieza el de decenas de millones de padres de familias que desean que sus hijos reciban una educación que les dé opciones reales de progreso. El poder de los narcos acaba cuando el pueblo recupera espacios y se vuelve un aliado empoderado para lograr prosperidad en sus comunidades y seguridad en sus vecindarios. No existe mexicano que no quiera prosperidad y seguridad. No existe quien no quiera que el país de sus hijos sea mejor que el de ellos. Esa enorme energía debe ser canalizada para combatir problemas llegando a la raíz de éstos.

Twitter: @jorgesuarezv