Opinión

EPN no entiende que
el Estado importa

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Enrique Peña Nieto y David Cameron

Después de dos años de presidencia, entendemos mejor el mandato de Enrique Peña Nieto. Primero, las limitaciones del proyecto de país son evidentes. Es claro que Peña busca fortalecer a su partido, y para lograrlo entiende bien las estrategias clientelares y corporativistas que con tanta eficacia desarrollaron por décadas otros gobiernos priistas. Sin embargo, éstas prácticas debilitan al Estado y coartan el potencial del país.

La reforma fiscal dotó con recursos suficientes para poder comprar a quien disiente y premiar lealtades, pero careció de objetivos estratégicos para inyectar competitividad a las empresas o incrementar la formalidad en el país. Peña concibe que, a pesar de la “falta de credibilidad y confianza” de las que México está “plagado”, como él mismo admitió al diario inglés Financial Times, es eso lo que le da estabilidad a su presidencia, además de que él claramente cumple premiando a aliados con los que está en deuda (entre otros, a las televisoras y a quien fuera procurador general en el mandato de Calderón).

La presidencia peñista no planea, reacciona. A falta de proyecto, concibe la política como un enorme balance contable en el que se busca minimizar o diferir problemas con billetes (aunque al hacerlo sienta precedentes insostenibles), mientras que privilegia medidas que “den el gatazo” en diferentes ámbitos; en el político nombrando, por ejemplo, a un titular de la Secretaría de la Función Pública que jamás pondrá el dedo en la llaga, o en lo económico presentando proyectos espectaculares –el tren rápido a Querétaro o Monterrey VI para llevar agua del Pánuco a esa ciudad– que aparecen con bombo y platillo, y después se esfuman silenciosamente, cuando se evidencia la opacidad de las licitaciones o es claro que el proyecto no tiene pies ni cabeza, o es parte de un objetivo que vaya más allá de “apantallar”.

Esta administración tiene la cautela de no forzar a la rendición de cuentas por los miles de millones de dólares dilapidados en fallidos proyectos de otros partidos políticos, como el de la Línea 12 del PRD, o el enorme fracaso de Chicontepec del PAN, entre docenas de otros. Pero, esa turbia complicidad empeña el futuro del país.

Nos entusiasmamos con las reformas estructurales del principio de sexenio, sin darnos cuenta de cuánto del apoyo de legisladores de oposición fue más resultado de una transacción comercial, que de una hábil negociación política. Además, hoy sabemos que las reformas eran un fin en sí, y no parte de un proyecto mayor para sacar adelante al país.

Cuando el presidente arroja, en su gira reciente al Reino Unido, datos impresionantes de la economía de México, como el hecho de que somos el cuarto exportador de automóviles del mundo, un productor de autopartes de clase mundial, y exportador de aeronáutica. Pareciera que está implícito el éxito de políticas públicas que favorecieron al desarrollo de estas industrias. Éstas han prosperado no gracias al apoyo estatal, sino a pesar de los yerros del gobierno. La inversión privada en el país brega diariamente con debilidad institucional, infraestructura deficiente, inseguridad en las carreteras, trámites engorrosos, corrupción de inspectores, extorsión de sindicatos, etcétera.

La economía de México creció 2.1 por ciento el año pasado, a pesar del preocupante déficit fiscal de 4.2 por ciento/PIB, lo cual evidencia una paupérrima calidad del gasto público. Este año, con suerte, creceremos 2.5 por ciento, a pesar de que la economía de Estados Unidos crecerá quizá 3.0 por ciento. Prácticamente todo el crecimiento proviene de la industria manufacturera mexicana que está integrada a Norteamérica como región, y algo vendrá del gasto clientelar previo a las elecciones de junio.

Si ese es el único motor que genera crecimiento, busquemos potenciar esa fortaleza. En vez de tirar dinero en obras absurdas, es importante consultar y entender dónde están los cuellos de botella, qué obras de infraestructura son indispensables, cómo incrementar la competitividad internacional de nuestra economía; y ejecutar esa inversión con absoluta transparencia y eficiencia. Entendamos que la falta de transparencia se traduce en menor inversión y/o en condiciones más gravosas para ésta.

La violencia es sólo una manifestación más de la debilidad institucional, impunidad y corrupción que son un lastre cada vez más pesado. Se puede apresar a todos los capos de todos los cárteles y de nada servirá, mientras no desarrollemos soluciones integrales que recuperen espacios sociales, y dotemos a niños y jóvenes con educación de calidad que les provea de herramientas para incorporarse al mercado laboral formal.

Empezando el tercer año de gobierno, sería triste pensar que quedó atrás el único logro del sexenio, las reformas, sin ahora apuntalarlas haciéndolas parte del proyecto para lograr un país más justo y moderno, más seguro, con educación de calidad; un país en el que confiemos en cortes, ministerios públicos y policías; y sepamos que la impunidad no es norma. Es posible, pero falta la reforma más urgente, la del Estado.

Twitter: @jorgesuarezv

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