Opinión

EPN llegó a su
fecha de caducidad

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Peña Nieto

En algún momento de cada sexenio puede llegar la fecha de caducidad presidencial: la brújula y la agenda se pierden, los errores superan a los aciertos, el presidente deja de escuchar y pontifica, resiente la crítica y se encierra en un búnker rodeado de aduladores. La esquizofrenia gubernamental en torno a la evaluación magisterial es otro indicativo más de que esa fecha ya llegó en el caso de Enrique Peña Nieto.

Una lástima porque Peña tenía todo para mantener el tiempo arrollador de 2013-14. De hecho, ese ritmo lo distingue favorablemente con respecto a varios de sus predecesores. Quizá el más notorio entre ellos es Vicente Fox Quesada, quien caducó el 3 de julio de 2000. Del saludo a sus hijos al tomar posesión hasta creerse padre de la democracia mexicana cuando acababa su mandato, vivió su sexenio desconectado de la realidad. Ernesto Zedillo funcionó hasta el último día, por desgracia ocupando casi todo ese tiempo enderezando los destrozos que provocó durante su primer mes de gobierno (de los que hábilmente culpó a su antecesor). La caducidad de Carlos Salinas, en cambio, llegó al finalizar el quinto año de gobierno (un quinquenio extraordinario), apenas aprobado el TLCAN. La estocada final para CSG fue el balazo que mató a Colosio. Dejó un barril de pólvora (deuda conocida como Tesobonos) que su heredero empapó de gasolina antes de aventarle un cerillo.

José López Portillo perdió la brújula a mediados de 1981. No supo ser presidente en la adversidad y transformó un problema (la caída en los precios del petróleo) en crisis monumental. En su búnker destacaba José Andrés de Oteyza, hoy nuevamente famoso por la corrupción de OHL, cuyos consejos lamentablemente siguió hasta el final. La ironía es que Miguel de la Madrid heredó tal desastre, que le tomó cinco años enderezar la economía, alcanzando su plenitud en el cierre (de los pocos que no caducó en el cargo, junto con los Adolfos: Ruiz Cortines y López Mateos). Felipe Calderón se cuece aparte dada su declaración de guerra al narco apenas tomó el cargo. Si Fox tuvo un gabinete Montessori, Calderón gobernó desde un búnker en el que no entraba ni aire.

Al menos cuatro son los elementos en la caducidad peñista: fin de la “agenda transformadora”, percepciones de corrupción (o al menos de conflictos de interés y gusto por el boato), pánico cerval ante las calles (la CNTE en la realidad y el sindicato petrolero en potencia, destacadamente) y fracaso en materia de crecimiento. Al vendaval reformista siguió una calma chicha, con el vacío llenado por desastres como la 'casa blanca' e Iguala. Quedó claro que el estratega y forjador de coaliciones había desaparecido; en su lugar se reveló un improvisado proclive al lujo palaciego. De la portada de Time a la ¡Hola! hay un abismo, como lo hay entre aprobar una radical reforma energética y proponer un nuevo número telefónico de urgencias.

No se trata de cambiar a medio gabinete o al Mefistófeles de turno al que presta oído. No, el nombre que aparece como responsable es uno: el suyo. Su último acto ha sido abollar una de sus reformas estelares para luego dar marcha atrás. Lo que no puede revertirse con la misma facilidad es su credibilidad.

Twitter: @econokafka

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