Opinión

EPN, ¿adiós a un gobierno para cuates?

El señor presidente va a anunciar cambios, nos anuncia el secretario de Gobernación como quien dice: aguardad, que la era va a parir un Sol. No creo que este sea un buen comienzo para lo que debería ser un nuevo guión para Enrique Peña Nieto.

Quién sabe quién convenció a Los Pinos Boys que era una buena idea hacer el lunes un anuncio para el jueves; estando las cosas como están, prefirieron alimentar la expectativa en vez de aprovechar la ventaja de la sorpresa. En fin.

En tres meses, el presidente ha tenido sendas crisis y su actuar (junto con el de su equipo) no ha convencido en ninguna. Tlatlaya los igualó con el gobierno anterior, mientras que Iguala quitó toda autoridad a su discurso de que la violencia no era tema; por su parte la llamada “casa blanca” llevó a mínimos la credibilidad de la administración en cuanto a que entiendan lo que implica la corrupción.

Ahora, y luego de varios discursos de reclamos –desde el secretario de la Defensa hasta el de Marina, pasando por el del presidente y la “desestabilización”–, ¿el gobierno federal espera que esperemos algo de distinto corte al tono de los reclamos que han cultivado un día sí y otro también? ¿Que surjan esperanzas cuando sólo han mostrado escasa voluntad por abrirse y entender lo que otros están diciendo?

En su arranque, este gobierno tenía una manera de hacer las cosas que no a todos gustaba o convencía. Pero como ese método arrojara algunas buenas cuentas legislativas, la administración llegó a sentirse tan confiada que a la mismísima sede de la ONU fue a ofrecer, con fines de exportación, su manera de hacer las cosas. Días después revivió Tlatlaya, que junto con la noche de Iguala exhibieron al equipo presidencial: bajar (algunas) estadísticas no es ganar la paz, no construye seguridad. Luego de la “casa blanca” surgió un tufo: este gobierno huele a 1981, un año del que nadie –¿salvo alguno de ellos?– sentía nostalgia.

Ante las tragedias, la maquinaria de Los Pinos se desvieló: intentaron culpar a otros de sus omisiones en Iguala, tardaron demasiados días en asumir su responsabilidad en la crisis, y demoraron lo indecible en recibir a los padres de los desaparecidos.

En torno a la morada particular de la familia presidencial primero procedieron a una cancelación sospechosa y contradictoria de un proyecto cuestionado (¿sobra decir que no sabemos bien a bien por qué congelaron el tren DF-Qro.?), enseguida mandaron a explicar a un abogado de hábil labia pero débiles argumentos –porque nadie puede tener buenas respuestas cuando se quiere negar un conflicto de interés del tamaño de una catedral–, y finalmente quisieron que una no funcionaria pública sacara las castañas del fuego: la señora de la casa quedó chamuscada y con ella su esposo, el presidente.

Todo lo que han hecho ha estado marcado por regateos y lentitud. El discurso presidencial nunca logró mostrarse conmovido por la tragedia gubernamental/criminal que se tragó a 43 muchachos y, sobre la casa de Las Lomas el mandatario intentó minimizar y descalificar detalles del reportaje que lo exhibió, pero nada dijo sobre lo fundamental, sobre que su amigo y contratista es su casero, y viceversa.

Ahora nos anuncian un anuncio. ¿Se vale pedir un deseo? Que EPN cumpla lo que le dijo a El País en junio, cuando declaró que “el presidente de México no tiene amigos”, y que anuncie que sus cuates renuncian a contratos, actuales y futuros, en este gobierno. Y que él renuncia a un gobierno para los cuates. Sería una gran noticia.

Twitter: @SalCamarena