Opinión

Entrevista con unos vampiros

   
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What We Do in the Shadows

Pobre vampiro, tan magullado. Churros como Twilight, The Vampire Diaries y True Blood lo han reducido a galán de telenovela, con cutis diamantino y pestañas Revlon, condenado a perseguir adolescentes insípidas, declarando amor como canción de Arjona. Siempre habrá películas que lo aborden con seriedad o con ingenio, pero últimamente, seamos francos, al vampiro le ha llovido en su milpita.

Como con todo personaje usado hasta el cansancio, el vampiro ha sido objeto de parodias y burlas, algunas elementales como Vampires Suck y otras más sofisticadas como la primera Fright Night. Mel Brooks se aventó al ruedo con Dracula: Dead and Loving It, donde hizo mancuerna con Leslie Nielsen. Pero hasta ahora no ha habido mejor parodia del chupasangre en el cine que What We Do in the Shadows, un falso documental neozelandés escrito, dirigido y estelarizado por Jemaine Clement y Taika Waititi.

Viago, Deacon, Vladislav y Petyr comparten techo en Wellington, Nueva Zelanda. El más joven de ellos nació en el siglo XIX, mientras que Petyr, un esperpento colmilludo, parecido al conde Orlok de Nosferatu, rebasa los 8 mil años de edad. Hay roces en el hogar: Deacon se niega a lavar los platos ensangrentados, Vladislav no ha barrido el piso y sólo Viago, el dandy del grupo, se preocupa por poner orden. Desde la primera toma, Clement y Waititi muestran su habilidad para voltear las convenciones vampíricas y convertirlas en oro cómico. En las noches, Viago, Deacon y Vladislav salen a divertirse y a cazar en la ciudad. Se visten horrible, pero no es su culpa. ¿Cómo saber si tu atuendo combina cuando no puedes verte en el espejo? Siempre van al mismo antro porque no tienen de otra: los vampiros necesitan invitación para entrar a cualquier sitio y, aunque rueguen, los cadeneros de Wellington no les permiten pasar. La dinámica del grupo cambia con la llegada de Nick y su amigo Stu, un gordito silencioso y tímido, analista de software, quien les enseña a usar Facebook, hablar por Skype y tomarse selfies.

Antes de escribir y dirigir WWDITS, Jemaine Clement creó Flight of the Conchords, una comedia hilarante sobre una dupla de músicos neozelandeses desempleados en Nueva York. En esencia, Flight of the Conchords era una serie sobre peces fuera del agua: dos músicos ingenuos y mediocres, de un país lejano, intentando sobresalir en la capital del mundo sin ningún éxito. Los vampiros de WWDITS, aprendiendo a adaptarse a la modernidad, también son extraños en una tierra extraña.

Clement y Waititi claramente conocen el estereotipo que parodian y eso ayuda a sacarle todo el jugo a la premisa. WWDITS está repleta de referencias a Vlad Tepes, al Dracula de Francis Ford Coppola, The Lost Boys, Interview with the Vampire, Salem’s Lot y hasta Twilight, pero nunca parece un producto derivativo o mercenario como las Scary Movie, sino todo lo opuesto: es una burla que quiere y le es fiel al objeto de sus chistes. Los cuatro compañeros dan risa sin ser una broma: todos matan y se alimentan como vampiros hechos y derechos. Aunque a veces no le atine a la vena correcta, Viago no es el conde Pátula.

Esa fidelidad le permite a la película abordar otros tonos y no quedarse plantada únicamente en la comedia. Sí, WWDITS cuenta con una escena en la que un vampiro comete el error de comerse una papa frita e, indigesto, vomita galones de sangre en la banqueta, pero también tiene una secuencia de horror más o menos puro que, en ejecución y atmósfera, no le pide nada a ninguna película de vampiros “seria”.

Además, logra darle un giro al formato documental para reírse, por ejemplo, de reality shows como The Real World o Big Brother, con sus ridículas confesiones a la cámara. La riqueza de influencias es tal que Clement y Waititi terminan dándonos una obra inédita. What We Do in the Shadows no le roba dignidad al vampiro. Lo reinventa.

Twitter: @dkrauze156