Opinión

Encontrando equilibrio en una era de cambio

 
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Paul Krugman. Encontrando equilibrio en una era de cambio.

Con el paso de los años he dado cientos, sin no es que miles, de charlas a todo tipo y tamaño de audiencias, pero aunque no lo crean, este es mi primer discurso de graduación, y la verdad es que no tengo absolutamente ni idea de lo que estoy haciendo.

Entonces, ¿de qué puedo hablarles? No voy a darles consejos profesionales, excepto por lo obvio: trabajen duro y sigan enfocados.

Tampoco puedo clamar ninguna experiencia especial en el arte de vivir, aunque me gusta pensar que he aprendido un poco sobre satisfacciones de la vida. Principalmente, lo que intentaré hacer es hablar sobre ser ciudadano: un ciudadano de Estados Unidos, si es que lo son; de lo contrario, un ciudadano de cualquier lugar donde se encuentre su casa, y un ciudadano del mundo, siempre. Y particularmente, quiero hablar sobre la actitud que deben tener para ser buenos ciudadanos que, según pienso, también es otra actitud importante para aprovechar al máximo su vida.

Lo que deben hacer, a nivel político y personal, es intentar un poco de equilibrio, difícil de mantener.

Para ser un buen ciudadano deben reconocer tanto lo bueno como lo malo, y enfrentar las cosas que han salido mal sin descartar las cosas que han salido bien.

Deben ver que la respuesta a la pregunta de si el vaso está medio lleno y medio vacío es las dos cosas, pero podemos intentar llenarlo más, y es nuestro deber hacer todo lo que podamos para que eso ocurra.

Primero que nada, hablemos de este mundo en el que se están graduando, y sobre cómo ha cambiado respecto al mundo que enfrenté en el mismo punto de mi vida.

Me gradué de la universidad en 1974, que fue el final de un largo periodo donde los estándares de vida y las oportunidades crecieron constantemente después de la II Guerra Mundial.

Aunque no nos preocupaba terminar siendo pobres, tampoco pensábamos mucho en volvernos ricos. Exitosos, sí, pero en la década de 1970 simplemente no había muchos superricos y ni siquiera parecía una meta por la que valiera la pena luchar. Pocos años después, cuando había terminado mis estudios de posgrado en economía, todo mundo quería una carrera académica que fuera prestigiosa y, esperábamos, interesante. Los malos estudiantes, incapaces de hacerse de un puesto como profesores asistentes, eran los únicos pobres tipos que tenían que aguantarse e irse a Wall Street.

Por raro que resulte decirlo, ahora son los que tienen múltiples mansiones. Pero ya saben, no creo que hubiera querido seguirlos incluso de haber sabido que así iban a salir las cosas.

Lo que recuerdo de mi graduación en ese entonces es haberme sentido muy tranquilo con respecto a mis perspectivas personales. Tenía todas las ansiedades respecto de la vida, el amor, el universo y todo lo que tiene la gente de esa edad, la de ustedes, pero no me preocupaba ser pobre, no tenía expectativas de volverme rico.

Cuando hablo ahora con estudiantes, incluso con estudiantes de instituciones prestigiosas como Princeton, donde impartí clases hasta hace poco, casi todos parecen tener la sensación de estar en una carrera desesperada, donde el fracaso por terminar casi al frente será desastroso.

Y si bien pudieran sentirse más ansiosos de lo que realmente deberían, su sensación de que están en una carrera de ratas donde se juegan mucho no es sólo un estado mental. Realmente nos hemos convertido en una sociedad vastamente más desigual donde pocas personas ganan increíbles sumas de dinero, mientras que las familias ordinarias sufren para pagarse algunas cosas clave que resultan necesarias.

Todo esto hace que el mundo al que están entrando sea muy distinto al mundo en el que me gradué; un mundo peor en algunos aspectos importantes para alguien con la posición que tenía entonces.

Pero, fíjense en cómo lo parafrasee: para alguien en mi posición. Verán, era un hombre blanco heterosexual que también tuvo la fortuna de alcanzar la mayoría de edad en un momento en que el antisemitismo ya no era socialmente aceptable. De haber sido mujer, o una persona de color, o de distinta orientación sexual, las cosas hubieran sido duras e incluso limitantes aún en 1974. Y pocos años antes hubieran sido mucho peores.

Entonces, aunque la lucha por el dinero se ha vuelto más dura y fea, en otros aspectos el mundo definitivamente ha mejorado.

Ahora bien, no estoy diciendo que el sexismo, el racismo y otras formas de prejuicios hayan desaparecido. ¡Basta con ver las elecciones presidenciales de este año! Sin embargo, mucho de lo que está motivando la vileza sin lugar a dudas es la sensación que tiene alguna gente de que el monopolio tradicional del hombre blanco sobre el poder y estatus está bajo amenaza.

¿Y saben qué? Tienen razón.

Si la mala noticia sobre la forma en que Estados Unidos ha cambiado desde que tenía su edad es que se ha vuelto más desigual en términos del ingreso, la buena noticia es que se ha vuelto mucho más tolerante.

¿Las cosas han mejorado o empeorado, en general, desde que fui joven? Bueno, las dos cosas. Pero diría que en general, somos una sociedad mejor, experimental y moralmente. También, de paso, la comida ha mejorado, y el café se ha vuelto infinitamente mejor.

(Una adaptación del discurso de graduación de Paul Krugman pronunciado en Bard College at Simon’s Rock, en Great Barrington, Massachusetts, el 21 de mayo de 2016).

Twitter: @paulkrugman

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