Opinión

En serio

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El presidente Enrique Peña Nieto tras el nombramiento de Virgilio Andrade al frente de la SFP. (Presidencia)

Hay una oleada de indignación frente a la corrupción en el gobierno. Bienvenida sea. No sé si dicha corrupción se ha incrementado o no en los últimos tiempos, pero la secuencia de la tragedia de Iguala seguida por la aparición de la 'casa blanca' provocó una reacción que yo no recuerdo en México. Insisto, en buena hora.

De lo que no estoy seguro es de que todos los que se indignan lo hagan por lo mismo, y por lo tanto busquen la misma solución. Lo que llamamos corrupción fue la combinación de autoritarismo y repartición que era el alma del viejo régimen. Por lo que si en verdad queremos avanzar, el eje de la autoridad y la repartición que tiene consigo deben desaparecer, y lo que regirá nuestra convivencia serán las leyes. Hay quien dice que las leyes en México son muy buenas y que es sólo que no se aplican, pero eso no tiene sentido. No son buenas, se hicieron para no aplicarse, y para dejar espacio a la repartición. Más claro: la corrupción en México ha dependido de las leyes.

Pero creo que muy pocos quieren esto en México hoy. Sería un cambio total en nuestra forma de vida, muy hecha a la negociación y gratificación. Están enojadísimos con que el SAT tenga ahora más facultades de fiscalización (es lo que les molesta de la reforma fiscal), no quieren parquímetros, manejan sin consideración alguna por los demás, consiguen contratos por su habilidad en la gratificación y no en la producción, pero dicen que hay que acabar con la corrupción y aplicar la ley. ¿En serio?

Hay quien afirma que los actos menores de corrupción, o el incumplimiento rampante de las leyes, no tienen nada que ver con lo que hacen los altos funcionarios. Es un problema de oportunidad: roban según su posición, no por tener diferentes principios. Lo resumió de forma genial don Álvaro Obregón: no quiero que me den, sino que me pongan donde hay.

Terminar con la corrupción exige, como ya lo comentamos aquí hace tiempo, limitar el poder político y construir un marco de referencia funcional. Eso es: limitar a los gobernadores, eliminar el fuero, establecer un sistema civil de carrera, tener fiscalías independientes, modificar las leyes para que sí puedan usarse, y aplicarlas sin distingo.

No estorba, al contrario, la propuesta de Transparencia Mexicana de exigir a los candidatos las tres declaraciones: impuestos, patrimonial y de intereses. Pero hay que acompañarla, después de las elecciones, de esas seis medidas que le acabo de plantear.

Insisto en que tenemos una gran oportunidad, porque estamos discutiendo abiertamente el tema, incluyendo a quienes hoy están en el Ejecutivo federal. No veo la misma enjundia contra los gobernadores, que sí son poderosos, no como el presidente. Ni percibo una revuelta en favor de la ley en calles y avenidas. No vaya a ser que buena parte de los que critican la corrupción lo hagan sólo por envidia, por no ser ellos los que negocian favores.

Tomemos el asunto en serio: construyamos un Estado de leyes. Ah, pero no olvidemos que eso exige que nos imaginemos y aceptemos todos como iguales. Y eso, la verdad, a los mexicanos les cuesta muchísimo.

Twitter: @macariomx

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