Opinión

En educación, el mundo
no nos va a esperar

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La reforma educativa de México pareciera asumir que el resto del mundo nos esperará inmóvil, mientras rogamos que nos dejen contar maestros, evaluarlos y limitar cuántos parásitos viven de robar los recursos destinados a educar a quienes más lo necesitan.

Esto es particularmente grave por el bono demográfico que hoy gozamos. Tenemos más gente en edad laboral que la suma de niños y adultos retirados. Ese no será el caso siempre. Sólo podremos mantener dignamente a la creciente población en edad de retiro si educamos a nuestros jóvenes hoy para ser productivos e internacionalmente competitivos.

En la campaña presidencial de 1999, Francisco Labastida Ochoa hablaba de la necesidad de que los niños mexicanos aprendieran inglés y a usar una computadora. El tiempo le ha dado la razón. Seguimos sin lograrlo. El inglés es la lengua franca internacional, y 97% de los egresados de secundarias públicas reprobaron el EUCIS (Examen del Uso y Comprensión del Idioma Inglés para Egresados de la Secundaria) aplicado por la organización Mexicanos Primero.

Mientras contamos maestros y otros “maestros” secuestran al sistema educativo, países como Corea y Finlandia logran avances extraordinarios y ahora se preguntan cómo adaptar sistemas nuevos y exitosos a un entorno educativo crecientemente exigente. Las necesidades han cambiado. A fines del Siglo XIX, 40% de la fuerza laboral estadounidense trabajaba en el campo, un siglo después sólo 3%, pero producen más y alimentan a buena parte del mundo. En 1980 había altos niveles de desempleo en Japón y se afirmaba que la desaparición de muchas industrias provocaría una crisis social, pero surgieron abundantes empleos en actividades nuevas; 25% de las que más crecieron surgieron en sectores que ni siquiera existían en estadísticas oficiales diez años antes. La computadora personal, el software, la internet y las redes sociales presentan incontables oportunidades para nuevas actividades profesionales.

Pero, nosotros seguimos pensando en carreras convencionales para profesiones que, en muchos casos, pronto desaparecerán. Educamos para el futuro con criterios del pasado, y la velocidad del cambio aumenta. Requeriremos de sistemas educativos menos enfocados en títulos, y más en desarrollar habilidades poderosas, en incrementar la caja de herramientas de jóvenes que necesitarán reinventarse varias veces en sus carreras profesionales. Pero, aun en este mundo digital, sigue siendo esencial escribir bien, investigar, hablar en público y tener capacidad crítica de análisis.

Escuelas en todo el mundo invierten miles de millones de dólares para explorar cómo incorporar Internet, tabletas electrónicas, computadoras personales al proceso tradicional de enseñar y de aprender. Adicional al reto tecnológico y pedagógico, se presenta el colosal desafío de entrenar a docentes en todo el mundo para adaptarse a un nuevo mundo en el que los niños aprenden diferente.

MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) y otras universidades de prestigio mundial han subido sus clases a Internet para que estén al acceso de todos en forma gratuita, en una búsqueda feroz por democratizar el conocimiento. Entidades sin fin de lucro como Khan Academy ofrecen gratis en Internet clases sobre decenas de miles de temas a todos los niveles, volviéndose el paraíso de los autodidactas. Muchas escuelas están recurriendo a que los alumnos aprendan lo elemental con estas herramientas por sí solos y a su ritmo, para optimizar el tiempo en un salón de clase para discutir con los compañeros y resolver dudas con el maestro.

En forma interesante, a pesar del poder de sistemas de inteligencia artificial que se están sofisticando a la velocidad de la luz para enseñar adaptándose a cada alumno, existe absoluta unanimidad en la opinión de quienes los desarrollan de que éstos nunca lograrán suplir a un buen maestro (aunque sí serán eficaces complementos), o a la importante interacción con compañeros en un salón de clase.

¿Cómo beneficiarnos de tan grandiosos recursos en un país en el que no hablamos inglés, la gran mayoría de las escuelas no tienen acceso a Internet, y muy pocos son proficientes en el uso de una computadora?
El sistema educativo del mundo entero está entrando en una indudable revolución. Nuestros hijos y nietos configurarán sus mentes y su acervo de conocimiento en formas totalmente diferente a nosotros y la velocidad del cambio crecerá exponencialmente, conforme también lo hacen diferentes herramientas. El año pasado llegamos a un “momento Gutenberg” cuando el acceso a Internet por medio de dispositivos móviles rebasó al de las computadoras fijas. Esto es sólo el principio del desarrollo de un mundo crecientemente interconectado que tendrá un impacto definitivo en cómo producimos, cómo y dónde trabajamos. ¿Nuestra reforma educativa celebró poder contar maestros, evaluarlos y controlar su paga? ¿Es eso lo mejor que podemos lograr?

Urge una discusión seria sobre qué debemos esperar de nuestras instituciones educativas a todos los niveles. México no se desarrollará sin educación, y nuestro perfil demográfico presenta una ventana de oportunidad que rápidamente se cierra.

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