Opinión

En contra de la doble victimización

Si el director técnico Antonio La Volpe es o no culpable de lo que se le acusa, ya lo dirá el juez del caso.

Abundan, sin embargo, las sentencias en la calle, los cafés, las conversaciones a medio hacer en los pasillos.

Y abundan los comentarios (ya comentario es casi cualquier cosa) en Internet y en las redes sociales.

Apresurados, algunos se aventuran a condenar al técnico.

Machistas, otros aspiran a bromistas a costa de la presunta víctima. Desfilan palabras soeces, insultos, albures, la síntesis del ingenio escaso que sólo sabe expresarse a la altura del drenaje.

El caso es un desafío para los medios, que a fuerza de equivocarse en el ejercicio de la libertad, han aprendido a ser cautos. En su mayoría, medios impresos y electrónicos van superando la prueba de la tentación fácil y discurren discretamente sobre el tema (aunque no faltan los que con ligereza ya adelantan culpas o arrojan burlas misóginas).

El famoso, y quizá inflado ingenio mexicano, anda de plácemes por la vía pública y en las computadoras. Vaga irresponsable, vacío, basto, y cree deslumbrar cuando oscurece.

Al margen de la verdad legal a la que se llegue (que ojalá corresponda a la Verdad), alerta la proliferación del escarnio hacia la trabajadora del club tapatío.

El macho mexicano (estereotipo que no incluye a todos, por fortuna) ve en el incidente una oportunidad de solazarse. Le urge inventar o repetir el chiste que denigra. La palabra es también aliento turbio.

Durante muchos años, las mujeres se han quejado de los intermediarios de la justicia. La mujer violada, la agraviada sexualmente, vuelve a ser víctima frente a los funcionarios que debieran representarla. Se le somete a interrogatorios indignos, a situaciones humillantes, aun cuando a partir de la creación de instancias especializadas este tormento tiende a reducirse. Ojalá.

Lo mismo pasa socialmente: la revictimización de la mujer agredida.
Al margen de lo que suceda con esta historia lamentable, lo relevante es el camino que pueda abrirse para las mujeres en defensa de sus derechos y de su dignidad.

Las mujeres acosadas suelen tener miedo. Miedo a lo que se dirá, a la forma en que se les verá después de su denuncia, a la represión en el trabajo, al jefe acomplejado que aprovechando su jerarquía se erige como dueño, al jefe del jefe que protege al acosador y desdeña la acusación.

El acoso adquiere formas diversas: la broma que insinúa, el maltrato que envía señales, la promesa que reclama trueque, el albur que irrumpe en la oficina o en la fábrica, la fuerza que pretende ser sucedáneo de conquista.

Si no fuera porque generan tensión y sufrimiento, los acosadores serían lo que son: caricaturas del ridículo, marionetas de la nada, encarnadores de la estupidez.

Por eso hay que impulsar una cultura nueva, en la que el acosador pierda la máscara, en la que la mujer que denuncia sea respetada y en la que se parta de un principio de justicia antes de condenar, negar o desdeñar.