Opinión

Ellos son indispensables

    
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Ana Gabriela Guevara. (Cuartoscuro)

Cuando hablamos de nosotras las mujeres solemos hacerlo justo entre nosotras. Sólo en contadas ocasiones, los temas considerados de “nosotras”, se abordan también con los hombres.

Un sinnúmero de libros, conferencias, seminarios y todo tipo de encuentros, suelen clasificarse como “eventos para mujeres” cuando se habla de familia, educación de los hijos y temas de género, hasta casos de violencia intrafamiliar.

Cuando se abordan estos temas y muchos más, los que están ausentes resulta que son protagonistas para la construcción de mejores respuestas y también de una agenda de prevención. Aún en el caso de jefas de familia, madres solteras, o bien, mujeres que han elegido vivir con ellas mismas y no bajo los patrones hasta hoy predominantes, se topan con los hombres a lo largo de su día y a lo largo de su vida.

La condenable agresión contra Ana Gabriela Guevara puso una vez más los reflectores en la violencia contra las mujeres, en todos estos atropellos que suceden a diario y que se van desdibujando en el silencio, el miedo, la indiferencia y desgraciadamente para algunas mujeres se van convirtiendo en una “normalidad” monstruosa que termina en muerte.

Si queremos poner un alto, un hasta aquí, al sufrimiento y dolor que provocan los actos de violencia y odio contra las mujeres, necesitamos leyes que sí se cumplan, de sistemas de impartición de justicia que no hagan de la víctima una victimaria, necesitamos por supuesto crear condiciones para que miles y miles de mujeres logren su libertad económica y pierdan múltiples temores.

Nos urge fortalecer nuestra autoestima y educación para no permitir a nadie que nos lastime. Todas estas, y muchas más, son condiciones indispensables, pero también nos urge reconocer que “ellos son indispensables”.

A la violencia física y verbal contra la medallista olímpica, se sumaron, horas después, cadenas de agravios y de una violencia igualmente reprobable y cobarde en las redes sociales. No terminaba aun de hacer su denuncia pública y su llamado para unirnos a favor de la paz y la civilidad y en contra de la brutalidad, la sinrazón y la violencia, cuando las redes sociales ya rebozaban de burlas, insultos y toda suerte de agresiones verbales.

Conozco a hombres feministas, a hombres que no viven con miedos ni complejos frente a las mujeres. Recuerdo una de las tantas enseñanzas de Cecilia Loria, cuando afirmaba que un alto porcentaje de mujeres líderes y exitosas en sus campos de acción tenían el común denominador de un padre que las había tratado como iguales y las había impulsado a lograr sus sueños y vencer sus obstáculos. Ahora, cuando conozco a alguna mujer exitosa y plena, me pregunto sin demérito alguno de su esfuerzo y trayectoria, sobre el perfil de sus padres, especialmente el de su padre. Por supuesto que no es condición, pero en un buen número de casos he podido validar que los papás han sido determinantes en la vida y los triunfos de estas mujeres.

Conozco también a quienes simulan ser feministas, pero que a la menor oportunidad desnudan su machismo y misoginia. Los hay de todas las edades, con estudios o sin ellos, los hay en todas o casi todas las familias y están prácticamente en todos los ámbitos. Y conozco por igual, a los que decidieron no fingir, sino simple y sencillamente ser los machos que los hace sentirse “muy hombres”.

La violencia contra las mujeres es consecuencia de múltiples factores y causas. La violencia es como un camino de escape a cadenas y ataduras que no hemos sabido y/o podido resolver a tiempo y de mejor manera. Nosotras llevamos mucho tiempo hablando entre nosotras de estos candados, pero ellos también tienen los propios. Ataduras que no les permiten ni ser ni desarrollarse integralmente. Ataduras que van amputando órganos completos en el alma, en el cerebro, en el cuerpo, en la dignidad.

Es hora de romper este círculo perverso para que pasemos de ser nosotras a ser nosotros desde los primeros días de vida, y ser nosotros en todos los campos y agendas. Suena a utopía, pero solo así podremos transitar un mejor camino.

Porque hace ya mucho tiempo nuestras vidas, sueños, hartazgos y frustraciones dejaron de ser asuntos de mujeres. De la mano del cumplimiento de la ley es urgente reeducarnos, cambiar ese chip que por siglos ha marcado estereotipos, conductas, costumbres, patrones de pensamiento y de acción. Es hora de conjugar en nosotros y romper las ataduras de sólo hablar entre nosotras, cuando ellos son indispensables.

Twitter: @JosefinaVM

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