Opinión

'Elle', Paul Verhoeven
se consagra

 





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Paul Verhoeven.

Detrás de un tono a menudo violento y gráfico, las películas de Paul Verhoeven filtran comentarios ácidos sobre los estados dictatoriales, el holocausto y la guerra contra el crimen. Esta característica queda patente, por ejemplo, en Starship Troopers, disfrutable como una salvaje invasión espacial hasta que se asoman subtextos, digamos, verhoevenianos (el señor ya merece su adjetivo). Al registrar la indumentaria nazi de los militares, el hecho de que casi todos los soldados son rubios y el carácter fascistoide del 'canal de noticias' que los mantiene informados, presentimos que no se trata de una boba cinta de acción; malicioso, Verhoeven pregunta si vale la pena celebrar que un pelotón de Barbies y Kens vayan al otro lado de la galaxia a matar extraterrestres. Sujeta a una lectura superficial, podría ser la película de cabecera de George W. Bush. Vista con detalle, también la de un pacifista.

Lo mejor que Verhoeven ha filmado, Elle, también es un arma de doble filo. Por fuera parece una provocación facilona: Michèle (la tremenda Isabelle Huppert), directora de una empresa que diseña videojuegos, es víctima de una violación durante la primera escena. El ataque, sin embargo, apenas si la inmuta; a sus amigos les confiesa lo que pasó como si se tratara de una visita al dermatólogo: algo incómodo, pero pasajero. Lejos de asumirse como víctima, Michèle incluso entabla una relación con quien la violó. En papel, este esbozo tal vez suene sensacionalista o frívolo. Sólo un hombre podría imaginar una historia en la que una mujer reacciona así después de un abuso de ese calibre.

Verhoeven, no obstante, se ha ganado el beneficio de la duda. Elle poco a poco nos muestra el patético universo masculino que rodea a Michèle: su marido fracasado, su hijo inepto, su padre criminal y sus empleados, siempre al filo de la insubordinación, reacios a recibir órdenes de una señora. Entre las mujeres hay un cierto entendimiento y hasta camaradería (a veces resignada, pero camaradería al fin). El título no es caprichoso. Sujeta a una lectura superficial, Elle podría ser la película de cabecera de Milo Yiannopoulos. Vista con lupa, también podría ser la favorita de Gloria Steinem.

Más allá de subtextos, Elle es la obra cumbre de un director que se las sabe de todas, todas. La primera mitad presenta un thriller mesurado, que no sólo emplea la identidad desconocida del violador para mantenernos atentos. Verhoeven genera tensión y apila sospechas con precisión quirúrgica, ya sea cuando Michèle abolla un automóvil sin razón antes de entrar a una cena o, mejor todavía, a lo largo de una reunión entre familiares y amigos donde cada palabra arrastra una intención oculta. El hilo conductor es, por supuesto, Huppert, en una actuación que debería darle el Óscar. Sin ganchos sentimentales ni acentos melodramáticos, Michèle no resulta particularmente querible.

No sabemos si tomarla como una víctima asediada por impulsos subconscientes o como una sociópata calculando su venganza. La interpretación de Huppert toca esos dos polos: el entretenimiento innegable que rinde una buena revancha y los estragos que deja la violencia de género. En el cine de Verhoeven, una cosa no está peleada con la otra.

Twitter: @dkrauze156

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