Opinión

Eliseo Alberto

 
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Eliseo Alberto.

El presidente Obama anunció la reapertura de una embajada en Cuba después de 54 años. Negociado en secreto durante 18 meses, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas deja atrás al viejo enemigo del Caribe. Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil recordó a Eliseo Alberto, Lichi, muerto en 2011. Gamés oyó a Lichi decir, cuando se hablaba de la revolución y la izquierda y el mundo nuevo: a mí ese perro ya me mordió. Gilga caminó sobre la duela de cedro blanco y tomó de un librero de finas maderas La vida alcanza, el título de Cal y Arena. Una reunión de recuerdos que se niegan a desaparecer, estampas periodísticas en las que revive a sus amigos escritores y artistas, a viejos músicos, beisbolistas y boxeadores de su imborrable Cuba. Son recuerdos acompañados de las siempre sorpresivas frases lichianas. Aquí va un navío cargado.

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Tengo algo que decirles, y a eso vine desde mi casa a la de ustedes en relámpago viaje de ida y vuelta: ya no sé qué es Cuba. Hoy puedo entender tanta confusión, ahora que mi incertidumbre ha ganado en claridad. La isla reverbera en mi memoria, entre vapores que el sol inhala, como si un enorme incendio consumiera un atado de cañas secas en medio del océano. Supe que no sabía qué diablos era mi país, sin dudar de mis dudas, allá por los días en que me vi obligado a fijar residencia en ciudad de México, la generosa y bendita capital de todos los desterrados de América Latina. El exilio es una violación. También una casa de huéspedes. La costumbre de revisar papeles puede, de pronto, costarnos caro. La tristeza no hace rebajas.

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Nos sentamos a la mesa. El viento volaba papeles. Decidí invertir el orden del creído interrogatorio y comenzar por la última pregunta: —¿En qué hotel del Universo le gustaría pasar las vacaciones de la muerte? Nicolás [Guillén] me respondió al instante: —En la Nebulosa de Andrómeda. La rapidez de la réplica me desconcertó. Sentí que yo colgaba de una estrella. —¿Por qué?—, atiné a balbucear. El poeta se puso en pie: —Porque me gustan las esdrújulas. Y dio por terminado el encuentro. Desde la calle, alcé la vista: Nicolás regaba con carcajadas una maceta de flores que había en su ventana. ¿Eran rosas?

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La esperanza es una tabla de salvación. Todos los días, sin falta, el sol asoma tras la misma montaña y se esconde en el mismo resquicio del horizonte, pero cada día es distinto al anterior y al siguiente porque ninguno es igual ante los ojos de los hombres: para unos, una tarde tormentosa carga nubes de tristezas; para otros, el aguacero simboliza la alegría, la fertilidad. Amanecer respirando, con el corazón en su lugar, será un segundo milagro.

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Hay páginas tercas que jamás se pierden porque el olvido también tiene sus caprichos y cuando uno menos lo espera aquellos informes perdidizos silban desde el fondo del cajón. Se extravían cartas de amor que hubiéramos querido conservar, se evaporan decoloradas fotos del bachillerato, diarios de ilegible juventud, aquella papeleta setentona que conservábamos de un concierto de Serrat (con versos de Machado) y que, con el tiempo, resulta la única constancia de que fuimos felices. Todo o casi todo está en peligro de extinción. Lo que no siempre se borra en una cicatriz. De súbito, duelen o se abren. Y entonces resucitan los papeles vengativos (o vengadores), las facturas de la cobardía que dábamos por abonadas.

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Antídoto contra el aislamiento, las redes cibernéticas se han vuelto confesionarios íntimos donde la mentira se trueca en ilusión: cada día, millones de amantes se poseen en las camas de los satélites, no importa que para unos sea de mañana y para otros, de noche. La soledad es, sin duda, la epidemia más devastadora de nuestro tiempo. Nos dejamos dominar por su extraordinario talento de seducción. Supongo que no estábamos listos para cambiar nuestras vidas en un abrir y cerrar de ojos con un invento que supera, por mucho, el poder de la pólvora o los engranajes de Gutenberg. Así comenzamos a navegar por cielos virtuales sin entrenamiento previo, a la deriva. Y lo que es peor, sin brújula. El cosmos está lleno de callejones sin salida. Y de emboscadas.

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Cicatrices. Cada cicatriz evoca un sufrimiento. Algunas nunca acaban de cerrar. Sangran cuando menos lo esperas. Ya crees que la herida secó porque es apenas una rayita invisible en la memoria y resulta que no, de eso nada; por el contrario resulta que sí, que se vuelve a abrir. Basta con un roce. Un codazo. Un pisotón. Una caída. Todos los golpes van sobre la llaga. También las pedradas. El imán de la mala suerte atrae la desgracia. No te deja recordar en paz. Tampoco olvidar, que a la larga es uno de los pocos recursos que los seres humanos tenemos para depurar el pasado y arrinconar los dolores, de manera que, envueltos en los celofanes de la piedad, estorben lo menos posible.

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Una tarde de noviembre de 1788, un genio de 32 años, tembloroso por las calenturas de la fiebre, terminaba de componer una Sinfonía (la Número 40) en sol menor. Dios sabía desde el primer segundo de su mundo, también nuestro, que sólo él podía componer algo mejor que Él. Por ese muchacho había valido la pena esperar quince mil millones de otoños. Para eso construyó su paraíso: para que escucháramos a Wolfgang Amadeus, sentado al piano. Con Mozart el hombre aprendió qué diablos es la libertad. Y gracias a Dios, ya no nos hizo tanta falta Dios.

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Sí, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los camareros acercan las bandejas que soportan el Glenfiddich, Gamés pondrá a circular la frase sobre el mantel tan blanco: “El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá” (Eugène Ionesco).

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX

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