Opinión

El WEF y la agricultura

En mayo de 2011 México se sumó a la denominada “Nueva Visión para la Agricultura”, iniciativa que impulsa el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) desde 2010, en respuesta a la crisis alimentaria que afectó a más de 180 países a finales de la década pasada, como resultado de los desajustes estructurales entre la oferta y la demanda de alimentos, que derivó en alzas sin precedentes de los precios de los productos agropecuarios y se interpretó como un enorme riesgo para la seguridad alimentaria mundial.

En esa iniciativa participan 14 países con un enfoque nacional (México, Birmania, Indonesia y Vietnam), estatal (Maharastra en India) y regional (nueve países de Africa), así como varios grupos multilaterales entre los que destacan el G8 y el G20.

En el caso de México, además de la Sagarpa, participan 18 empresas “globales” (transnacionales), 16 empresas mexicanas y 8 asociaciones de productores que en conjunto representan más de 70 por ciento del PIB alimentario del país, con un enfoque sectorial en 6 grupos: granos; oleaginosas; frutas y vegetales; café y cacao; y pesca; además de un grupo transversal para ampliar y mejorar la información del sector.

Más allá de los reflectores y las declaraciones de buenas intenciones que se realizan en Davos, Suiza, en enero de cada año cuando se reúnen los líderes de gobiernos y del sector privado en el WEF, el valor de la iniciativa es su propuesta metodológica, que busca alinear los objetivos de las políticas y los recursos públicos con los intereses privados en tres ejes: seguridad alimentaria (producción de alimentos y productividad), sustentabilidad ambiental y oportunidades económicas para los productores.

En ese sentido, propone una modalidad de “asociaciones público-privadas” que involucra focalizar recursos, tecnología, capacitación y, sobre todo, el compromiso de los actores en cada sector hacia la consecución de objetivos específicos comunes. Ello no es otra cosa que alinear a las cadenas productivas con un enfoque que va del consumo –qué demanda el mercado-- hacia la producción primaria –qué hay que producir—y no a la inversa.

Así, en México se establecieron mecanismos y acciones para alcanzar un incremento de 25 por ciento en la producción de maíz en cinco años y aumentar el rendimiento promedio de 2.3 a 3.1 toneladas por hectárea entre 2014 y 2018, mediante la reconversión y tecnificación de siembras de maíz criollo a maíz híbrido en casi un millón de hectáreas en el centro y sur-sureste del país; en oleaginosas, incrementar la producción de 900 mil toneladas en 2013 a 2.4 millones en 2018 con plantillas y semillas certificadas; en frutas y vegetales, introducir sistemas de inocuidad y acceso a mercados; y en café y cacao, garantizar mecanismos de financiamiento y sanidades en la producción primaria.

Si bien las metas son ambiciosas, lo relevante son las medidas que se establecen para alcanzarlas, las cuales involucran participación pública y privada en instrumentos como financiamiento, inversiones, coberturas de precios y seguros; desarrollo de infraestructura; capacitación y tecnología; nuevas figuras asociativas entre pequeños productores; y redefinir las políticas públicas y reorientar el presupuesto al campo. Asimismo, se establecen compromisos para adquirir dicha producción por parte de las empresas agroindustriales involucradas.

La iniciativa de la Nueva Visión de la Agricultura no es la panacea para resolver todos los problemas que enfrenta el sector agropecuario en nuestro país. Constituye una estrategia para compatibilizar los intereses de los distintos actores y eslabones de las cadenas productivas e introducir “instrumentos de mercado” en el sector.

Otro aspecto relevante es que busca transferir el liderazgo en las decisiones, del sector público a los productores y consumidores agroindustriales. En los últimos tres años se ha avanzado en ese sentido; ojalá los esfuerzos no se pierdan y que la reforma al campo tome en cuenta sus elementos y lecciones.

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