Opinión

El trienio que inicia

 
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SLP VOTO

“La democracia ha sido definida con frecuencia como un gobierno de opinión y esta definición se adapta perfectamente a la aparición de la videopolítica. Actualmente, el pueblo soberano {opina} sobre todo en función de cómo la televisión le induce a opinar. Y en el hecho de conducir la opinión, el poder de la imagen se coloca en el centro de todos los procesos de la política contemporánea.”
Giovanni Sartori

Con la euforia del mes patrio correspondiente al tercer año de la administración vigente, arribamos al cenit de la gestión, para iniciar el indefectible descenso con cuenta regresiva.

Las piezas del tablero político se van reacomodando, como preludio de la contienda que se avecina. Adelantados como están los tiempos, la mercadotecnia política, aún sutilmente, comienza a funcionar con miras a las todavía lejanas elecciones de 2018, semejante a las casas comerciales que ya nos venden las navidades antes que lleguen las fiestas de Todos Santos.

La tradición política mexicana nos acostumbró a sexenios de cinco años, llegado el sexto, se cedían los espacios, los reflectores y la infraestructura del poder al destapado, para la construcción y difusión de su imagen, previo al anunciado relevo. Pero la alternancia ha obligado a modificar la estrategia, en función de la mal nutrida caballada, con el objeto de crear, con la suficiente anticipación, la imagen pública de los virtuales sucesores y dotarles del capital político indispensable para su arribo a la contienda en condiciones competitivas.

Muchos y muy variados son los factores internos y externos que en la actualidad confluyen y se amalgaman para condicionar la menguada popularidad institucional. La desconfianza y el malestar ciudadanos ante la evidente descomposición del país, es un elemento fundamental a considerar en la prospectiva electoral, en el diseño de la estrategia y en la preparación de actores para la inevitable sucesión, con una mayor antelación.

La crisis de credibilidad institucional, reconocida incluso desde las más altas esferas del poder, coloca a los institutos políticos, y particularmente al partido oficial, ante la necesidad imperiosa de preparar cuadros cuyo perfil se aparte, lo más posible, de los estereotipos con los cuales identifica la sociedad mexicana a su clase política, comúnmente distante de su realidad e insensible a sus problemas.

Ante una sociedad cada vez más mediatizada y crítica, incrédula a la tradicional promesa, desencantada con su situación y carente de expectativas medianamente viables sobre su futuro, las maquinarias políticas deben orientar sus ejercicios a la generación temprana de sus posibles candidatos, recurriendo de manera obligada a la publicidad, a la mercadotecnia, en la que resulta indispensable la participación de los medios de comunicación masiva que se erigen como factor determinante en la construcción de imagen.

A diferencia de los viejos tiempos, en que la decisión cupular primaba, con la garantía de éxito, en vista de la unción sucesoria, hoy en día los mexicanos demandan una oferta mínimamente atractiva, con la que puedan comulgar sus esperanzas.

Los próximos tres años seremos testigos de la construcción de imagen (que ya ha iniciado) de los personajes entre los cuales surgirá el nuevo mandatario. Que corran las apuestas.

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