Opinión

El TPP, una guía para atisbar al futuro

 
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Módulo especial petróleo

Acecha al mundo una nueva crisis… en medio de un gran desorden financiero y comercial. Antes que atender las causas estructurales, se avanza hacia el establecimiento de normas supranacionales para regular finanzas, comercio y otras áreas de la economía global. El Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) da idea de lo que serán tales instrumentos.

Antes de que el capitalismo global hubiera restaurado los daños de la crisis de 2008, el peligro real de otro colapso financiero ya es causa de pánico en los mercados bursátiles y en la economía real.

Ni las inversiones, ni el crecimiento productivo, ni el comercio internacional responden al acicate del desplome de los precios del petróleo, cuyo lado bueno es que abarata otros costos, tanto de transporte como de producción.

La economía real no reacciona ante ese y otros estímulos, por lo que tampoco han mejorado el empleo en Europa, Estados Unidos o Japón, ni se ha recuperado la pérdida de poder adquisitivo de los salarios en esos países, ni el comercio internacional ha dejado de caer, ni el endeudamiento de gobiernos y consumidores parece tener fin; en cambio, se abrió a todo lo que da la salida de capitales de los llamados países “emergentes”, a riesgo muy serio de que no puedan pagar sus deudas con la banca.

Hay causas económicas y políticas de la crisis, como la concentración del ingreso y de la riqueza que conlleva el empobrecimiento de las clases medias, principales consumidoras en los países ricos, y la baja en la tasa de ganancias del capital productivo, que se reparte entre un número cada vez menor de grandes corporaciones en las que se han fusionado o ante las que han desaparecido sus competidores.

La atención de los gobiernos no está puesta, sin embargo, en distribuir mejor el ingreso ni en regular a las corporaciones transnacionales, sino en formular una legislación supranacional que regule las finanzas y el comercio. Uno de esos instrumentos es el TPP que firmó el gobierno de México el 5 de octubre pasado junto con otros 10 países. Quizás el congreso de Estados Unidos retrase su entrada en vigor, pero vale la pena tener en cuenta su diseño para anticipar el orden que se pretende imponer a la economía global.

Enrique Peña Nieto elogió al TPP porque “fortalecerá la integración de México a Norteamérica”. Si eso es lo que busca su gobierno para nuestro país (en continuidad de gobiernos priistas y panistas desde 1988), que el Presidente lo festine.

El TPP está diseñado para administrar el comercio, no tanto para liberalizarlo. Obliga a sus firmantes a estandarizar procedimientos y normas financieras y comerciales, pero no se queda ahí. Para muestra un botón: uno de sus temas cruciales es el fortalecimiento de la capacidad de las corporaciones transnacionales para afrontar con éxito controversias que tuvieran con los gobiernos de los países en los que operan.

El sistema de arbitraje de diferencias que contempla, les permitiría a los inversionistas extranjeros demandar a gobiernos si consideren que un determinado reglamento público disminuye la rentabilidad que esperaban de sus inversiones. Sería el caso, por ejemplo, de reglamentos para protección de la salud pública, como la prohibición de vender alimentos chatarra en las escuelas públicas, o casi cualquier medida de protección del ambiente.

El empoderamiento de las transnacionales ante el Estado nacional, sería una de las condiciones de la “integración” de los países “emergentes” a la economía global.

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