Opinión

El teflón del presidente (y III)

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Enrique Peña Nieto

Este mes, en dos ocasiones el presidente Enrique Peña Nieto ha utilizado las palabras “unidad”, “valor” y “determinación” en sus discursos. Uno cuando se presentó en la Cámara de los Lores durante su visita al Reino Unido, y usó como ejemplo el discurso de Winston Churchill de llamado a las armas para enfrentar a los nazis en la Segunda Guerra Mundial, y otro al inicio de la colecta de la Cruz Roja.

Unidad, dijo, para superar las diferencias; valor, para actuar con visión de largo plazo; y determinación, para vencer las resistencias y alcanzar los objetivos trazados. No hay vuelta atrás en la meta propuesta al arrancar su gobierno, lo que refleja claridad en sus objetivos, aunque no en sus medios. La duda es si sus operadores actuales son los que necesita para llegar a buen puerto.

Peña Nieto ha podido avanzar pese a las resistencias, pero con un costo político inmenso. Inició su sexenio con un nivel de aprobación de 50 por ciento y uno de rechazo de 22 por ciento, que se cruzó al finalizar el primer tercio del sexenio, cuando el acuerdo a su gestión se desplomó a 39 por ciento y el desacuerdo subió a 57 por ciento; es decir, bajaron 11 puntos sus positivos en este periodo y sus negativos subieron 35 puntos. ¿Cómo fue posible? Explicar este fenómeno es relativamente sencillo.

En este mismo espacio se apuntó este lunes que el teflón que tenía Peña Nieto como gobernador en el Estado de México, donde todos los negativos se le resbalaban y sólo absorbía los positivos, se han invertido en Los Pinos, donde los positivos se le resbalan y los negativos se le quedan impregnados. La razón es que su equipo no sirve como escudo protector, ni le amortigua los golpes. Lo dejan solo en los momentos críticos o lo sabotean, seguramente en forma inopinada, en sus momentos de mayor gloria.

Por ejemplo, durante su visita al Reino Unido, donde el esplendor del viejo imperio le estaba rociando un bálsamo a su atropellada gestión por el cuidado de las formas y los protocolos reales, no pudo terminar de gozar que se proyectara en México el brillo del momento porque, de la nada, el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, declaró –una reiteración a un discurso previo– que para 2016 se construiría un presupuesto a partir de cero, con lo cual los reflectores cambiaron de protagonista. Días antes, el propio Videgaray lo metió en una encrucijada cuando declaró al diario Financial Times que el gobierno tenía que reconstruir la confianza para que tuvieran éxito las reformas.

En ambos casos, los positivos de dar primero la cara se los llevó Videgaray, mientras que los negativos, por repetir lo que su secretario dijo antes, reflejo de falta de iniciativa, se los llevó el presidente.

La segunda pata de su presidencia de tres cabezas –la tercera es el jefe de la Oficina de la Presidencia, Aurelio Nuño–, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, es otro ejemplo. Convenció a Peña Nieto que uniera las secretarías de Gobernación y de Seguridad Pública, que son dos de las áreas más fallidas del sexenio.

En materia de gobernabilidad, lo que proliferó fue la ingobernabilidad, como consecuencia de la reforma educativa, cuya protesta social ha puesto en riesgo las elecciones de junio en Guerrero y Oaxaca, y por la decisión de casi nueve meses de no confrontar a los cárteles de la droga, que puso a Michoacán al borde de la guerra civil hace un año.

El costo de los bolsones de ingobernabilidad, la violencia en las calles y ciudades, provocó una pérdida de 17 por ciento del Producto Interno Bruto el año pasado, pero no impactó a Osorio Chong –el secretario mejor evaluado del gabinete–, sino que cayó sobre Peña Nieto.

Sus dos pilares en el gabinete, a través de los cuales se desdobla el accionar del resto del equipo presidencial, no han estado a la altura que la defensa de las reformas requiere. Dejar al presidente a campo abierto, lo ha llevado al sacrificio. Su creciente nivel de desaprobación en las encuestas refleja que cada vez más se le estrecha el margen de maniobra. El desacuerdo sobre su forma de gobernar tiene niveles de último tercio de sexenio, cuando va de salida, no de arranque de sexenio.

Esta tendencia, que según las encuestas se va ampliando, abre el riesgo de una regresión, no para desmantelar las reformas, pero sí para que no se apliquen aquellas que provocan más discordia nacional. Los péndulos políticos en las democracias incipientes son muy peligrosos
–como se apreció en Europa del este tras la caída del Muro de Berlín–, y llevan a la restauración del viejo régimen, que es lo que Peña Nieto ha empezado a desmontar. Si el presidente está decidido –como debe estar– a mantener el curso y éxito de las reformas, debe buscar un nuevo equipo que contenga primero su caída, y luego le permita remontar el vuelo.

Si quiere mover a México, como dice su grito de guerra, tiene que hacer cambios en el gabinete. El segundo tercio del sexenio requiere de otro equipo, que lo cuide y que allane al camino para el último tercio del sexenio, que dé vida transexenal a su proyecto que hoy se encamina a la derrota. Pero para esto necesitará el valor y la determinación que predica, pero no aplica.

Twitter: @rivapa

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