Opinión

El teflón del presidente (II)

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Enrique Peña Nieto

La sensación de incredulidad y desconfianza que expuso el presidente Enrique Peña Nieto durante una entrevista con el diario británico Financial Times en marzo, no es resultado de la coyuntura de los últimos seis meses ni de la falta de crecimiento de sus dos últimos años. Peña Nieto arrastra un karma político que se niega a reconocer, que no alcanza a ver o, peor aún, que no le permite entender. El parteaguas de su gobierno no comienza con la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa en septiembre, ni con los conflictos de interés en noviembre.

Desde el primero de diciembre de 2012, cuando tomó posesión y la mitad del país no se sentía a gusto con una presidencia que aún no comenzaba, arrastra déficit de credibilidad y confianza.

Ese día, Peña Nieto cautivó a la sociedad política, con acciones para los primeros 100 días de gobierno, dispuesto a romper tabúes y enfrentar resistencias. Al día siguiente de sentarse en la silla presidencial, se anunció el Pacto por México, el acuerdo político envidiado por decenas de países que permitió cocinar 11 reformas transformadoras en 18 meses. La sociedad política no miraba la realidad mexicana. Veía la reinstauración de los ritos, la nostalgia del viejo régimen. La sociedad civil pensaba otra cosa.

Una revisión de la encuesta de encuestas de aprobación –un aglutinado de todas las mediciones públicas en los dos primeros años de gobierno de Peña Nieto– de la empresa Parametría, permite ver la manera como se va comportando la opinión pública frente a las acciones del presidente. Empezó con 50 por ciento de aprobación y 22 por ciento de rechazo. Tuvo su primer envión tras la liberación en enero de la francesa Florence Cassez, y por la captura a finales de febrero de la maestra Elba Esther Gordillo, aunque significativamente, los negativos crecían, como se vio en las mediciones de marzo, cuando obtuvo 58 por ciento de aprobación contra 29 ciento de desaprobación.

En abril de 2013 comenzaron las movilizaciones contra la reforma educativa en las calles de la ciudad de México. Asimismo, la curva de aprendizaje estaba causando estragos en la Secretaría de Hacienda, pero aún no se apreciaba el atorón económico. En mayo se mantuvo en 58 por ciento de positivos, pero sus negativos habían subido 12 puntos desde la toma de posesión. En agosto, cuando propuso la reforma energética, se empezaron a notar los desacuerdos dentro de los partidos por el moribundo Pacto por México, y con movilizaciones cada vez más violentas contra la reforma educativa, Peña Nieto empezó su caída definitiva. A mediados de septiembre tenía 52 por ciento de aprobación, con negativos de 44 por ciento. Era cuestión de tiempo que se cruzaran.

El gobierno preparaba la reforma fiscal que incluía homologar el IVA en 16 por ciento. Pero el presidente, aconsejado por su jefe de Oficina, Aurelio Nuño, que estaba seguro que habría perredistas que se sumarían a la reforma energética, cambió el sentido y envió a su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, a presentar un plan para elevar impuestos a quienes ya pagaban impuestos, a propuesta del PRD. Un empresariado molesto por el maltrato en Los Pinos y la Secretaría de Hacienda, así como por la pérdida de acceso al presidente, se tradujo en una molestia pública y beligerante como no se veía desde la nacionalización de la banca en 1982. En octubre se dio el cruce: 49 por ciento desaprobaban su gestión y 46 por ciento la respaldaban. Desde entonces, la encuesta de encuestas muestra que Peña Nieto no ha podido superar el rechazo de los mexicanos.

En diciembre de 2013 se vio cómo terminaría su primer tercio de gobierno. El mal crecimiento económico y la violencia en las calles, junto con la crítica sistemática en los medios y la inconformidad interna en el gobierno por su aislamiento, lo llevaron a su primer gran caída: 42 por ciento aprobaban su gestión, 53 por ciento la desaprobaban. En su gran primer semestre en 2014 por la aprobación y promulgación de las reformas, Peña Nieto sólo pudo recuperar cinco puntos de positivos en agosto, pero el rechazo de los mexicanos se mantuvo estable entre el 49 y 50 por ciento.

Otoño fue la debacle. La desaparición de los normalistas en septiembre, la cancelación de la licitación del tren rápido México-Querétaro, y la revelación del conflicto de interés en la adquisición de la 'casa blanca', socializaron la caída en la aprobación presidencial. La encuesta de encuestas de Parametría refleja que en septiembre la aprobación de Peña Nieto empató (48 por ciento) con la desaprobación (49 por ciento), pero fue ilusión de unos cuantos días. En octubre, la desaparición de los normalistas y su errática intervención en el crimen lo tiró en las mediciones: 44 por ciento aprobaban su manejo contra 52 por ciento que lo desaprobaban. La caída no pararía.

Dos encuestas publicadas al final del segundo año de gobierno, lo revelaron: Reforma mostró un nivel de aprobación de 39 por ciento contra 58 ciento de desaprobación; El Universal, 41 por ciento de aprobación contra 50 por ciento de desaprobación. Aun así, la decisión del presidente fue que seguiría por el mismo rumbo de los dos primeros años. La decisión es valiente, como él mismo lo ha dicho, para alcanzar la consolidación de sus reformas. Pero es ingenuo pensar que podrá mantener la lucha con el equipo que lo ha llevado a la ignominia. O cambia equipo, o enfrenta el riesgo de que se las desmantelen, porque en el tema de defenderlas y fortalecerlas, su ejército resultó un fiasco.

Twitter: @rivapa

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