Opinión

El sistema político que no estaba hecho para gobernar

  
1
  

  

"El Bronco" aseguró que en Nuevo León comenzará la segunda Revolución Mexicana. (Cuartoscuro)

¿Qué tienen en común el zacatecano Ricardo Monreal, la hidalguense Xóchitl Gálvez, el neoleonés El Bronco y el tapatío Enrique Alfaro? Si como respuesta pensaron en que todos ellos resultaron ganadores hace 8 días, se quedaron muy cortos. El denominador común de estos políticos es que no llevan ni un día en la oficina –de hecho faltan meses para que ocupen sus respectivos despachos–, y ya son vistos como seguros candidatos a puestos superiores.

Los políticos arriba mencionados no son los únicos en esa condición, por supuesto. De hecho, casi por definición un ganador de comicios en México se convierte en un gran activo, en alguien valioso dentro de la única lógica política que parece importar: ganar campañas electorales.

Porque lo que prima en nuestro sistema político no es el servicio público, sino la competencia electoral, el triunfo de algún candidato desata de inmediato la rumorología, los pronósticos, las intrigas, la definición de escenarios, los comentarios en los medios, etcétera.

Y no, no se trata por desgracia de un asunto de ociosos tertulianos reunidos en torno a un café. Todos los partidos, y buena parte de la comentocracia, se emboletan en una dinámica futurista que tiene un saldo negativo clarísimo. Los incentivos están alineados para ganar las campañas, no para lograr un desempeño público satisfactorio.

Lo único que importa de la elección es la siguiente elección. Los partidos son tan conscientes de esto que, todos, han diseñado un sistema en el que, en efecto, al día siguiente de los comicios ya pueden calcular los (enormes) recursos económicos que tendrán para la siguiente elección. El caso del PVEM es el más asqueante, por pornográfico, pero en esencia hoy los otros partidos son iguales a esos saboteadores de la democracia que integran el partido del tucán: harán todo por no perder los recursos que vendrán con los triunfos. Todo menos preocuparse por gobernar bien.

En el recién concluido proceso electoral se escucharon frases que ilustran cierta resignación ante esta realidad. Se decía, por ejemplo, que el candidato del PAN a la gubernatura de Sonora difícilmente perdería no porque fuera excepcionalmente bueno, interesante, popular, carismático, ni porque (no se rían) su propuesta de gobierno era una fregonería, mucho menos por el buen desempeño de la administración saliente. Nada de eso. A ese candidato se le daba ventaja porque el gobernador en turno “es un gran operador electoral”.

Es decir, el candidato ganaría porque independientemente del desastre que como gobernador ha sido Guillermo Padrés, este señor era visto como un efectivo movilizador (término que no puede entenderse sin el uso de dinero, no necesariamente legal) de electores.

Y aunque, como es obvio, ese candidato panista perdió, su derrota no es atribuible a una sorprendente candidata, a una campaña luminosa, a un discurso fresco, a una propuesta de gobierno increíble … para nada. Ese triunfo no se puede entender sin el concurso de los servicios del patrocinador de esa candidata, es decir Manlio Fabio Beltrones, es decir alguien que es visto como un gran operador electoral, es decir….

Nuestras campañas al final son como nuestros torneos cortos de futbol, no aumentan la calidad del balompié (cosa que se constata con el “ya merito” de cada cuatro años), pero quién piensa en calidad (de deporte o de gestión pública) cuando lo único que los motiva es el dinero. Y con ganar, el tener acceso a muchísimo dinero está más que garantizado.


Twitter: @salcamarena

También te puede interesar:
¿Y si creamos el índice Mufasa?
El fantasma del Auditorio Nacional (historia de horror)
Que Enrique Ochoa (CFE) opine sobre taxis y Uber