Opinión

El signo de los tiempos

 
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POBRES SLP

La desigualdad es uno de esos desequilibrios que a muy pocos favorecen y, sin embargo, se ha convertido en la característica dominante de la sociedad; siempre han habido desigualdades, pero su profundización es el cambio más radical de los últimos decenios.

Ocurrió por la irrupción del neoliberalismo que desplazó el contrato social implícito que responsabilizaba a las políticas públicas de mantener un equilibrio razonable en el reparto de los ingresos y de la riqueza.

En estos tiempos, ser de izquierda se basa en la convicción de que la desigualdad no es ajena a la política. Esto es, el que unos tengan demasiado y muchos muy poco, no es consecuencia del orden natural de las cosas, sino de correlaciones de poder entre clases sociales.

La convicción de la derecha es que las desigualdades derivan de las diferencias de aptitudes y destrezas de quienes se encuentran en el mercado para intercambiar sus respectivas mercancías, y que así sea, favorece el desarrollo de las potencialidades creativas, innovadoras de la humanidad.

El problema ya es crítico, lo que deja ver lo evidente: para combatir con éxito la pobreza y conservar las libertades políticas, es ineludible hacer frente a la crisis de desigualdad. Como dijo Louis Brandeis, magistrado del Tribunal Supremo de Estados Unidos: “Podemos tener democracia o podemos tener la riqueza concentrada en pocas manos, pero no podemos tener ambas cosas”.

La época del capitalismo en la que disminuía la pobreza y la democracia gozaba de cierta legitimidad en Occidente, fue con la izquierda socialdemócrata que pugnó por una mayor equidad social, no en contra sino dentro del capitalismo.

Asumió que para reducir la desigualdad tiene que funcionar el mercado, mecanismo que alienta la iniciativa, la creatividad y la toma de riesgo, pero también entendió que es necesario tener normas para corregir asimetrías inherentes a las leyes del mercado, en la distribución del ingreso y de la riqueza.

Fue la época en que la mayoría de las poblaciones de los países ricos de Occidente y otros no tan ricos como México, tenían expectativas de progresar y creían en valores como la igualdad de todos ante el Estado y en la democracia.

Hoy, lo que domina las expectativas futuras y el ánimos en muchas sociedades son los efectos de lo que expuso Oxfam en enero pasado, dando como fuente al Credit Suisse: “La desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables. Actualmente, el 1.0 por ciento más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99 por ciento restante de las personas del planeta”.

Oxfam calcula que “la riqueza en manos de las 62 personas más ricas del mundo se ha incrementado en 44 por ciento en apenas cinco años, 542 mil millones de dólares desde 2010, mientras que la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en más de un billón de dólares en el mismo periodo, un desplome de 41 por ciento”.

La explicación de esa tendencia es que el poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y forzar las decisiones políticas a favor de los muy pocos.

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