Opinión

El santo Javier

        
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Javier Sicilia. (Cuartoscuro)

La vida pública está llena de dobleces. Nadie escapa a caer en ellos. Puede ser la mala memoria o la mala fe, la indiferencia o la venganza, la idea clara o la mente perturbada. No sé en cual de todas encajar la referencia de Javier Sicilia a mi persona en su último libro (que no he leído ni leeré, básicamente porque no soy proclive a los santos, ni los de hoy ni los de antes), pero Sergio Aguayo menciona (Reforma 28/12/16) que Sicilia dice que Calderón “intentó cooptarlo ofreciéndole cargos y becas por medio de su cuñado Juan Ignacio Zavala”.

Sicilia se ha convertido en una figura moral incuestionable en este país –por supuesto es mucho mejor persona que yo–. Como buen santo, tiene su martirio a cuestas. Terrible martirio cuyo duelo hizo justificadamente nacional. Javier es un hombre de palabra clara, con luz; es también un hombre de testimonio de vida. Pero eso no le da derecho a mentir sobre los demás, para seguir en su papel de Jesucristo expulsando a los mercaderes del templo, calificando qué alma es buena, cuál está perdida, quién es un monstruo y quién está habitado por el mal. Porque como buen santo, Javier está enamorado de su rol en la Tierra.

Además opino que Javier Sicilia miente respecto a mí. Jamás Calderón me pidió hacerla de su intermediario ni ante él ni ante nadie. En el caso de mi trabajo en PRISA, abandoné ese empleo un par de años antes de la tragedia que envolvió a Javier y su familia. Pero puedo decir que seguramente le ofrecí ayudarle a conseguir trabajo cuando pensaba irse a Europa con su hija. Se lo ofrecí en mi casa o en casa de su hermana. No éramos extraños ni de relación reciente, a lo mejor se le olvida en su furia por acabar con los que estamos podridos.

Además opino que Javier falta a la verdad porque si dijera todo también recordaría que, mucho antes de la desgracia, me pidió ayuda para conseguir dinero y financiar Conspiratio, su nueva revista, cosa que hice gustoso y en la que no tuve gran éxito, pero algo logramos. Supongo que tampoco cuenta cuando me pidió –por ese tiempo– que le publicaran una novela en las editoriales de la empresa, lo cual tampoco se logró. Tampoco ha de relatar que me pedía libros cuando iba a España, lo que hice con empeño, en particular el que le encontré de Maximiliano Kolbe. Ni cuando cenamos o comimos con otros amigos comunes. Según él lo traté de cooptar.

Es difícil oponerse a las sentencias inapelables de esa suerte de inquisición en que se ha convertido Javier. Claro, él no es parte de los primeros apóstoles, casi analfabetos, pescadores toscos y burdos. Javier ya es de los iluminados y exquisitos, de los refinados que hablan idiomas; es poeta, místico, ve la luz, ama al prójimo, pero previa selección, denuncia a la raza maldita de los poderosos desde el elevado altar de su poder. Porque como buen santo, Javier es todo soberbia y vanidad.

Twitter:
@JuanIZavala

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