Opinión

El reto mundial y de México: impulsar políticas de crecimiento y desarrollo

 
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A JM Keynes que identificó los efectos económicos de los “espíritus animales”

La primera década del nuevo siglo fue para casi todos los países -México excluido- una época de crecimiento económico sin precedente.

Los países desarrollados aumentaron sus niveles de ingreso a tasas altas y los países en desarrollo de Asia, África y América Latina lograron un crecimiento promedio de casi 9% anual.

La Gran Crisis Mundial del 2008-9 (principalmente de origen financiero) impactó severamente a todos, pero en particular a los países ricos. El mundo en desarrollo pudo extender un poco más su crecimiento gracias al acelerado y persistente auge de China, su demanda de materias primas - para atender su programa exportador y su creciente mercado interno- y sus importantes flujos de inversión extranjera y cooperación.

Fue también la primera década de notable progreso social en América Latina, en la que la mayoría de los países redujeron sus niveles de pobreza, aumentaron sus inversiones en educación, salud y nutrición, mejoraron otros indicadores sociales e incluso, en algunos casos, (Brasil y Uruguay) elevaron a través de políticas deliberadas sus salarios reales y la equidad.

Se llegó a hablar en Banco Mundial de un proceso de convergencia entre ricos y pobres.

Después vino la cruda…realidad. El estancamiento europeo y de los propios EUA -no obstante las acciones no ortodoxas de recuperación de Obama- impactó la demanda y el comercio internacional. China y otros países emergentes comenzaron a verse afectados, por más que buscaron reorientar su producción a sus mercados internos. Los precios de las materias primas cayeron- destacando el declive de las cotizaciones energéticas, agudizadas por la sobreoferta derivada de la rápida expansión de la producción de los EUA de petróleo y gas de esquisto.

Hoy día, como destaca un artículo del Times de Londres (Aldrick-2-3-16), se ha pasado de la crisis derivada de la avaricia y la especulación financiera a la parálisis económica, al freno de las inversiones públicas y privadas en infraestructura y producción, que son cruciales para el crecimiento, el empleo y el bienestar en el corto y en el largo plazo. Se ha acentuado la mala distribución del ingreso y la riqueza dentro de los países con un impacto adverso porque los ricos gastan una menor proporción de su ingreso, que los pobres. Ello ha conducido a que las bajas tasas de interés no impulsen las inversiones.

Los gobiernos están demasiado preocupados por las finanzas públicas-reducir el gasto y equilibrar presupuestos- y por una eventual inflación que no ocurre. El miedo paraliza la inversión pública y privada y en cambio está llevando a un fuerte crecimiento de la deuda de los países.

Los instrumentos tradicionales de la Banca Central ya se agotaron, como recién lo señaló The Economist y lo reconoció el G-20 en su reunión de Ministros de Finanzas. Pero el instrumental fiscal duerme “el sueño de los justos,” a pesar de toda la evidencia de que requiere activarse para impulsar la inversión, el crecimiento, el empleo y el consumo. De lo contrario el reto será como sobrevivir el lento crecimiento que nos deparan las actuales tendencias, como lo pronostican los ensayistas de la edición marzo-abril de Foreign Affairs.

El problema es que los gobiernos de los países más importantes no actúan para cambiar de fondo el modelo, la ruta, las políticas y las instituciones multilaterales, incluyendo las de Bretton Woods, que cada vez son más incapaces de resolver los problemas de la economía mundial y dejan a los países sin amortiguadores sociales.

Llegó la hora de examinar en serio por qué las viejas recetas funcionan cada vez menos, y aceptar los cambios geopolíticos y geoeconómicos ocurridos en los últimos 20-40 años, así como los desafíos que enfrentará la economía mundial en las próximas décadas; sin olvidar, por supuesto, los riesgos para la seguridad mundial derivados de no actuar o de actuar equivocadamente-como ha sucedido con las migraciones internacionales - así como los provenientes de la ausencia de un desarrollo sustentable y socialmente incluyente.

Los países emergentes han reducido ya sus pronósticos de crecimiento y están empezando a experimentar problemas (China, India). Otros como Rusia y Sudáfrica, cuyas economías están estancadas enfrentan situaciones políticas y económicas cada vez más complejas.

Destacaría el caso de Brasil. Su PIB cayó 3.8% en 2015- la peor baja desde 1996- con una expectativa similar para 2016. Lo grave es que en ese país, que en la etapa de Lula creció, redujo su pobreza, aumentó sus salarios reales y fortaleció su clase media, se perdieron el año pasado 1.5 millones de empleos. Ahora se esperan más recortes presupuestales y de empleos.

Se está cayendo en un círculo vicioso de crisis económica, política y social, exacerbada por las denuncias de corrupción. El Presidente del Congreso, Cunha, opositor de Dilma, será juzgado por recibir dinero de Petrobras. El mismo Lula compareció ya para explicar supuesto enriquecimiento inexplicable. Solo un 11% de la población apoya a la Presidenta.

¿Y México a dónde va? Crece muy poco e inequitativamente.

Urge fortalecer el arsenal de política económica. Tras la caída de los precios del petróleo y las reducciones presupuestales para 2016, el entorno económico ha llevado a subir las tasas de interés y a una nueva reducción del gasto y la inversión pública. La deuda externa directa e indirecta del gobierno crece. PEMEX, cuyo presupuesto fue reducido en 100 mil millones para 2016, tras de tres años de mala administración y ordeña de la SHCP, sufre un recorte de 100 mil millones más, que afectarán sus inversiones, sus proveedores, el empleo y su misma supervivencia futura.

Ajustes presupuestales eran inevitables. Lo que no se entiende es que siguiendo el dogma de los últimos 25 años, inversión y salarios reales sigan comprimiéndose, y que los impuestos sigan sin tener efectos redistributivos, arriesgando el futuro económico y la estabilidad social.

Urge utilizar el instrumental fiscal, la banca y los salarios como promotores del mercado interno, la inversión y la equidad.

Urge también combatir la corrupción, la injusticia y la impunidad para recuperar la confianza.

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