Opinión

El resignado reproche
de EPN

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Enrique Peña Nieto

Las cartas están echadas. El gobierno federal ha decidido moverse hacia delante. El mandatario y los suyos resolvieron que era momento de dejar atrás la maldición del último cuatrimestre de 2014. Lo han hecho con dos anuncios. El 27 de enero clausuraron el tema de Iguala. Dos martes después, la Presidencia de la República puso punto final al asunto de las casas Higa. Lo que sigue ya no es su agenda.

Desde la lógica gubernamental, lo más importante es que finalmente tienen una narrativa para salir de la crisis. Si alguien le pregunta al presidente Peña Nieto por Ayotzinapa, dirá que la Fiscalía ha cumplido con su deber y que es el turno de los tribunales; si le cuestionaran sobre el conflicto de interés por su contratista-casero, apelará a la ley, a su recién nombrado, y a las medidas que ha anunciado.

Es claro que en Los Pinos saben que habrá sectores, nacionales y extranjeros, que no compren esas explicaciones. Pero esto representa un costo calculado. De ahí lo revelador del lapsus presidencial al final del anuncio del martes.

No. El presidente no estaba pidiendo aplausos. Experto como es en auditorios, Peña Nieto sabe que el apapacho se lo dan las masas en el Edomex; para oír vítores va a repartir despensas a Michoacán como lo hizo esta semana.

Más bien, el mandatario descontó lo que caricaturas, columnas y redes sociales reclamarían: que la solución presidencial a los escándalos de las casas lucía pobre, insuficiente, que es una engañifa.

Ya sé que haga lo que haga no van a estar satisfechos, no van a aplaudir, fue lo que quiso decir el presidente con el ya famoso “ya sé que no aplauden”. Y como ya sé eso, como ya sé que no reconocen a mi gobierno por lo que ha hecho –una reforma energética, una educativa y la detención de Elba Esther–, pues a su escepticismo contrapongo la “verdad histórica” de Murillo Karam. Empate de posiciones irreductibles en el que nadie gana.

Ante aquellos que pidieron una investigación de mi patrimonio, ahí está el espectáculo que será la inmolación del leal Virgilio Andrade, quien gustoso ha aceptado el cáliz que le hará pasar a la historia como lo que ha sido desde siempre: un soldado del PRI.

Así, de manera unilateral, el gobierno ha decidido pasar a otra cosa. Da por descontado que le seguirán en este movimiento los empresarios, que tienen semanas reclamando que se ponga “orden”, y los sectores duros –de los medios, la Iglesia y la sociedad– que consideran que es hora de salir de la crisis a cualquier precio, así sea a costa de un par de palizas a esos 'revoltosos' que abusan de la 'debilidad presidencial'.

Otra parte de este reposicionamiento de las fichas del gobierno es instrumentada por Luis Videgaray. Mientras algunos creen que ha resultado tocado por el caso de la casa de Malinalco, hay que reparar en datos concretos que muestran cómo mantiene su peso en la administración. Cosa de ver los nombramientos de estas semanas: el candidato del PRI a Colima, la nueva titular de Bansefi, el nuevo director de Banobras y, por supuesto, el flamante secretario de la Función Pública son, todos, personas que tienen cercanía con el secretario de Hacienda. ¿Cuál debilidad?

Veremos si la decisión del gobierno de pasar la página en los temas que descarrilaron su marcha resiste los cuatro meses que faltan para las elecciones. Si el 7 de junio ganaran los comicios, podrán retomar su agenda y quizá su impulso. Si no, hará falta mucho más que la resignación de que no les van a aplaudir.

Twitter: @SalCamarena

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