Opinión

El reflector está
puesto en México

A veces parece que en México pensamos que el mundo nos está esperando inmóvil a que decidamos qué reformas hacemos y cómo. Nada más lejos de eso. El mundo va a toda velocidad, en parte por convicción y en parte por miedo de que estamos en medio de una situación que sigue siendo crítica.

La crisis que empezó en 2008 ha sido la más grave desde la Depresión de los años treinta. Ésta no se ha resuelto, ni remotamente. Parece que sólo hemos logrado superar los riesgos más extremos: la disolución de la eurozona, una crisis bancaria en Estados Unidos, una guerra entre Israel e Irán, entre otros. Sin embargo, los motivos estructurales de la crisis están intactos, y la agresiva impresión de dinero por parte de los bancos centrales dejará también una secuela.

Estados Unidos sigue con un sistema bancario en el cual los bancos son cada vez más grandes y, por ello, la quiebra de uno de éstos desestabilizaría al sistema; los cambios regulatorios no han sido suficientes, la regla Volcker que impedía actividades de banca comercial y de inversión bajo el mismo techo se ha diluido y leyes como la Dodd-Frank son un sueño de opio que sólo favorecerá a los abogados (recordemos que el banco JP Morgan pagó 16 mil millones de dólares a firmas de abogados entre 2009 y 2013 para defenderse en litigios diversos); Europa sigue sin hacer una unión bancaria, sigue sin mutualizar deuda, y la productividad de la zona es patética, en un momento en el cual su costo de energía se eleva mientras que el de Estados Unidos se desploma.

La sensación de estabilidad proviene de la abundante liquidez producto de que los bancos centrales del mundo echaron a andar la imprenta.

Claramente, eso es lo que había que hacer para evitar una depresión similar a la que ocurrió después del colapso bursátil de 1929. Sin embargo, ésta es una medida paliativa y temporal; ahora hay que ver qué pasa cuando la imprenta gradualmente se detenga. Por lo pronto, sabemos que la abundancia de dinero y las mínimas tasas de interés han creado burbujas en los mercados inmobiliarios de Canadá, Australia, Francia, el Reino Unido, Suecia, y en países emergentes como China y Turquía.

En años en los que las economías desarrolladas entraron en crisis, fueron las economías emergentes las que generaron demanda a nivel mundial porque aumentó el poder adquisitivo de las enormes poblaciones de países como China y la India. Sin embargo, muchos de estos países tampoco hicieron la tarea y, por ello, están empezando a verse afectados por la paulatina contracción de la liquidez, y de que China, mercado natural para países que exportan materias primas, da señales de que empieza a crecer menos.

Si los bancos centrales empiezan a imprimir menos, las tasas de interés irán subiendo. Por simplificar, veamos a la tasa de interés como el “precio” del dinero, si la cantidad ofrecida baja, el precio sube. Si aumentan las tasas de interés que se pagan en dólares, mucho del ahorro internacional que tuvo que buscar alternativas más rentables en mercados emergentes, simplemente regresará a sus mercados naturales, como el de bonos estadounidenses. Según el Banco Mundial, 80 por ciento de los flujos que han ido a mercados emergentes podrían salir de éstos y volver a mercados desarrollados. Esto se ha reflejado en la devaluación de monedas como el real brasileño, la lira turca o el rand sudafricano. Estos países están subiendo sus tasas de interés locales para defender sus monedas, y cuando las tasas de interés suben, la gente ahorra más y consume menos. Pero, si son los mercados emergentes los que han generado demanda a nivel mundial, esta contracción de la oferta generará menores ventas para muchos países.

Quizá el país desarrollado menos afectado sea Estados Unidos, que exporta poco en términos de materias primas o bienes de capital, pero para Europa el momento no podría ser peor.

Para México, una vez más, la oportunidad es idónea. Hay una gran cantidad de fondos de inversión internacionales que tienen que invertir en mercados emergentes ya sea por cómo fueron legalmente constituidos, o por necesidad de diversificar. En este momento, México, gracias a la reforma energética, parece el refugio en medio de la tempestad. En un estudio reciente del banco de inversión Morgan Stanley, se habla de los mercados emergentes más frágiles, y acuñaron el término Fragile Five (los cinco más frágiles): Turquía, Indonesia, la India, Brasil y Sudáfrica. Si consideramos cuánto de la deuda de corto plazo se logra cubrir con reservas en el banco central, hay quienes agregan en esta lista a Chile, Hungría y Polonia. Argentina, Venezuela y Ucrania presentan problemas internos serios. Mientras crece la preocupación sobre estos países emergentes, la calificadora Moody’s incrementa la calificación crediticia de México de Baa1 a A3, y lo hace a partir de que las reformas estructurales incrementan el potencial de crecimiento. Establecen, además, que si se crece arriba de 4 por ciento en los próximos años, volverán a ascender su calificación.

El reflector está puesto sobre México. Claramente, es indispensable que apuntalemos a la reforma energética con leyes secundarias claras y sólidas. En un entorno como éste, no sólo hay mucha más liquidez en búsqueda de albergue, sino que muchos de nuestros competidores están sufriendo por no haber aprovechado años de bonanza para hacer cambios de fondo, aprendamos de ello. Si además se articula una estrategia inteligente para golpear al crimen organizado y se hace un esfuerzo por fortalecer el Estado de derecho, México podría pasar de ser un país de ingreso medio a desarrollarse en la próxima década. Como siempre, es más fácil decirlo que hacerlo, pero soñar nada cuesta. Al menos, la mesa está puesta.