Opinión

El proceso

Hace 20 años, el Estado Mexicano recibió un ataque frontal con el asesinato de Luis Donaldo Colosio, que ocurrió en un momento de gran vulnerabilidad financiera del gobierno. Le siguió, cinco meses después, el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. El partido del gobierno, el gobierno mismo, perdió a su candidato presidencial y al líder legislativo. Cuatro meses después, devaluación y crisis financiera.

En las elecciones de 1997, el PRI perdió por primera vez la mayoría en la Cámara de Diputados. En ese momento, creo yo, termina el viejo régimen. Lo que vivimos desde entonces fue un proceso continuo de deterioro. No hay gobierno con mayoría y un sistema construido para funcionar siguiendo instrucciones presidenciales se atasca.

En 2000, Vicente Fox gana la presidencia, y el PRI no entiende su derrota. La atribuyen a características personales de Fox, y se dedican a esperar que termine su sexenio, porque están seguros de recuperar la presidencia. Es más, el conflicto interno en el PRI después de esa elección ocurre en esa lógica: controlar el partido implica ser candidato en 2006, es decir, presidente. Por tanto, no hay manera de que haya negociaciones serias entre PRI y PAN durante todo ese sexenio, y poco a poco se va deteriorando todo, empezando por la creciente autonomía de los gobernadores, siguiendo con la independencia de las centrales corporativas, y terminando con el desprecio de los empresarios cuya riqueza había salido, precisamente, del Estado.

En 2006 el PRI por fin entiende que está en problemas, cuando se hunde al tercer lugar. Pero en esa elección el derrotado se niega a aceptar el resultado, y jala con él a la segunda fuerza de ese momento, el PRD, impidiendo con eso cualquier intento de gobierno de coalición. En el margen, se logran por primera vez algunas reformas: seguridad social, fiscal, energética, electoral y penal.

Todas ellas bastante malas e incompletas, pero las primeras negociadas entre todos, tal vez por primera vez en la historia nacional.

Un nuevo grupo toma control del PRI, y va construyendo su regreso a Los Pinos como lo había hecho quien lo sacó: desde fuera. Ganan Yucatán en 2007, repiten la fórmula en 2009 y arrasan, y con el regreso inminente, se niegan a negociar el resto de la Legislatura.

En 2012 otro Congreso dividido, pero ahora las condiciones sí permiten construir una coalición en forma. Se llevan a cabo una gran cantidad de transformaciones, que muchos siguen criticando. Tal vez no se percibe que lo que ellas significan, antes que nada, es la recuperación del Estado fuerte: se reduce el poder de las corporaciones, encarcelando a la líder más conspicua; se controla a los empresarios con nuevas leyes y más fuerza al Estado (vía organismos autónomos, que ha sido el camino de la transformación); se subordina a los gobernadores centralizando el control de los recursos, las elecciones, y la amenaza de hacerlo con la seguridad. Se retoma la dirección previa al asesinato de Colosio, por cierto.

Una democracia moderna consiste en tener un Estado fuerte, limitado por la ley, y responsable frente a los ciudadanos. Estamos en proceso de lograr lo primero, apenas. Del resto, platicamos después.