Opinión

El PRI de siempre

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Mi hermano, dijo Gamboa Pascoe mientras posaba con la estatua de 470 mil pesos. (Zenyazen Flores)

La imagen insultante y ofensiva de Joaquín Gamboa Pascoe junto a su estatua en la sede de la CTM es retro, como dicen los chavos. Es una visión del pasado, una mirada a los años 70 y 80 cuando los supuestos líderes obreros, se regodeaban en sus lujos y su poder bendito por el régimen presidencialista. Es como una aparición del túnel del tiempo, donde un “emisario del pasado” –frase inolvidable con la que José López Portillo fustigaba a los echeverristas– reaparece en una escena de película cómica: la política mexicana.

Papelitos de colores, la mirada vanidosa del longevo líder que acaricia el bronce de su imagen, son retrato de que este país, a pesar de los discursos reformistas y el impulso renovador, conserva esos rasgos lastimosos del muy primitivo siglo XX.

La soberbia fue tan grande, que mandó retirar los bustos del gran padre sindical y político de todos ellos, Fidel Velázquez, y el de su compadre y socio de mil batallas, Leonardo La Güera Rodríguez Alcaine. No bastaba el espacio para que fuera ocupado por su efigie en bronce macizo, líder único, patriarca extratemporal que lo abarca todo y lo mira todo.

Don Joaquín sepa que poco después de que –dios no lo quiera– descanse usted en paz, su estatua y su nombre, irán a dar al mismo pasillo oscuro si no es que a la bodega, a donde usted mismo mandó las efigies –de menor tamaño y brillo– de sus antecesores.

El viejo y rancio sindicalismo charro, esa expresión vergonzante de nuestro sistema político, no muere ni con los “cambios” ni con las reformas. Ese se mantiene vivo, latente, con la inevitable y oronda foto al lado del nuevo presidente priista. ¡Y cómo no! Si son tantos los servicios prestados al partido y –ellos creen– al Estado, que merecen seguir viviendo a expensas de la clase obrera, siempre y cuando garanticen votos, movilizaciones de campaña y controlen sectores. Esa es la premisa, el compromiso asumido con administraciones y regímenes. Lealtad a cambio de impunidad discreta.

A nadie se le ha ocurrido sugerir en esta etapa de transformaciones profundas –por lo menos en la letra constitucional– que ya sería buena hora para ir corrigiendo los excesos, abusos, derroches y delirios de estos líderes sindicales instalados en el poder por décadas.

El PRI insiste en promover un discurso transformador que aspira a la modernidad política, a la democracia, al de un partido renovado, convertido, ahora plural, ahora abierto y participativo. Y de repente aparecen estas viejas estampas del pasado que retratan la verdad más evidente e inocultable: son los mismos, siguen siendo lo mismo.

Y será más penoso aún –no es un pronóstico ni mucho menos una profecía– observar al presidente de la República asistir al obligado acto obrero el próximo mes de mayo, dirigir un discurso de unidad y de “cambio” al lado del nonagenario y ahora inmortalizado líder de la CTM.

¿De verdad avanzamos? ¿Es cierto que son distintos a los de antes?

Difícil de creer cuando subsisten estas organizaciones caducas, poco representativas, emisarias estas sí de un régimen presidencialista, totalitario, autoritario que los señores del poder de estos tiempos, insisten en negar. ¿Son o no son? ¿Sólo se parecen?

Don Joaquín merece un retiro tranquilo en una casa soleada donde correteen sus nietos y bisnietos, pero sin estatuas, ni tributos falsos y engañosos de sindicatos tramposos y corruptos. Que fueron los de Chrysler quienes donaron los casi 500 mil pesos que costó el monumento, dicen las fuentes oficiales. ¡Qué vergüenza!

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