Opinión

El presidente se queda corto, corto, corto...

Dos fueron los obuses que silenciaron la marcha triunfal que entonaba la administración de Enrique Peña Nieto: la trágica noche de Iguala y la sombra de sospechas por el uso privado y público que ha hecho el presidente de casas que son propiedad de Grupo Higa, su contratista. El mensaje de ayer se quedó muy corto si de atajar la crisis se trataba.

Al presidente y a su equipo les tomó dos meses encontrar el tono justo, la solemnidad adecuada para abordar en público el tema de los jóvenes desaparecidos y asesinados en Iguala el 26 de septiembre. Ayer escuchamos al mandatario en un mensaje que en cuanto a la forma empató, por fin, con la gravedad de la situación. Pero el fondo del discurso, el decálogo propuesto por Peña Nieto, tiene un grave déficit.

Cuando los expertos discutan méritos, alcances y defectos de esas ideas sobrevolará una duda: ¿el presidente tiene verdadera voluntad de sacar adelante estas iniciativas? Y si es real el compromiso con la creación de un vigoroso Estado de derecho, por qué no inició este impulso reformador consigo mismo, por qué no se atrevió a hablar del elefante en la sala, como llaman los americanos a asuntos embarazosos que uno disimula inútilmente, por qué no aprovechó la magna ocasión para exponer lo que hará para quitarse de encima la sospecha por usar casas de Grupo Higa.

Porque Peña Nieto no va a remontar la pérdida de credibilidad (72 por ciento no le cree sobre la “casa blanca”, Reforma 22/11/14) si se limita a hablar de lo que hay que hacer en abstracto, como si él no formara parte de la clase política a la que la gente grita “Ya me cansé”. De nada le va a servir esto de su discurso de ayer: “propongo sanciones ejemplares para empresas que incurran o se coludan con alguna autoridad y que caigan en corrupción (…) se establecen nuevos tipos administrativos para sancionar a los licitantes, contratistas y servidores públicos que evadan la ley”. Es papel mojado si no le entra de lleno, y mientras más pronto mejor, a ponerse en manos de un fiscal que investigue si hubo faltas o irregularidades en la relación del presidente con su contratista y, doblemente, casero.

A pesar de que aseguran que el presidente sabe que le pegaron en la línea de flotación –así lo habría dicho a su gabinete–, la ausencia de un gesto definitivo de Peña Nieto para aclarar las dudas sobre su relación con Grupo Higa demuestra que los colaboradores del presidente están pasando por alto un asunto crucial.

La credibilidad de un gobernante se construye sobre diversos cimientos. Su honestidad personal es uno de los más delicados. Nadie dice que sea deshonesto. Pero la reticencia del mexiquense a explicar con detalle lo que investigaciones periodísticas han sacado a la luz, y dada la ausencia de una investigación oficial al respecto, lastra al mandatario, y por ende a México.

Discursos como el de ayer, en el que Peña Nieto dice asumir “la responsabilidad de encabezar todos los esfuerzos necesarios para liberar a México de la criminalidad, para combatir la corrupción y la impunidad” valen muy poco si los hechos que le han puesto en entredicho no son aclarados. A saber, las omisiones de su gobierno ante añejas denuncias sobre vínculos criminales de autoridades en Iguala, y la duda de favoritismo de su gobierno a un contratista que además vendió y rentó inmuebles al entorno de Peña Nieto. Es decir, los dos temas que sepultaron el sueño peñista del mexican moment.

Twitter: @SalCamarena