Opinión

El presidente que
se hace chiquito

 
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Trump, EPN

El sistema político de México es presidencialista. Enrique Krauze escribió La presidencia imperial, el país donde cuando un presidente preguntaba “¿qué hora es?”, la respuesta era “la que usted diga, señor presidente”. Pero los tiempos han cambiado. Aquella era en la que el gobierno tenía a su alcance una eficiente y castrante censura ha quedado atrás, no voluntariamente, sino porque el entorno ya no la permite. La crítica pública ha resultado empoderada, a veces peligrosamente, por redes sociales que permiten un tipo de ataque anónimo y despiadado.

El PRI no ha evolucionado al mismo ritmo. Sigue pensando en estrategias de comunicación social boletineras, en comerciales bobos, en lemas que al 'contar también lo bueno' resultan irritantes y contraproducentes.

Las presidencias se desgastan con el transcurrir del sexenio. Un viejo cuento decía que un presidente en México siempre le deja tres sobres a su sucesor, con la encomienda de abrirlos en orden, en caso de crisis. Al transcurrir un par de años llega la primera, el primer sobre indica “échame la culpa de todo”.

Obediente, el presidente culpa a su predecesor y salva la crisis. Al presentarse la segunda, la indicación es “haz cambios en tu gabinete”.

La acción permite, nuevamente, superar la crisis. Un par de años más tarde se asoma una nueva crisis y la recomendación es “haz tres nuevos sobres”.

Los cambios en el gabinete presidencial son inminentes. Vienen enroques en secretarías clave donde sus titulares acusan desgaste excesivo. Pero, lejos de que se perciba que los cambios responden a motivos estratégicos o que intentan traer sangre nueva al equipo, parecen patadas de ahogado. Es la misma sopa con los mismos ingredientes, y buscan venderlos como una receta rica y novedosa. El cambio refleja más debilidad que fortaleza.

Se dice que nunca ha habido un presidente con peores cifras de popularidad. Yo acotaría que al menos no en las últimas décadas. Dudo que en 'presidencias imperiales' previas haya habido encuestas confiables. Con cada crisis la presidencia se hace más pequeña, no por las crisis en sí, sino por la paupérrima respuesta a éstas.

El PRI se convence de que la crítica es injusta, de que el mal humor no se justifica. Su argumento carece de sustento. La gente está harta. Ve los mismos desplantes de cinismo extremo, de ineptitud y de arrogancia; a un presidente rebasado que le ofrece carísima lealtad a colaboradores que no la merecen; a un medroso equipo que le dice lo que quiere escuchar, y lo asesora mal. ¿Quién le aconsejó recibir a Trump y darle una ayudadita a su campaña? Tenía todo qué perder y nada qué ganar. Esta se suma a una larga lista de decisiones equivocadas.

Peña no ha tenido más crisis que presidentes previos, pero sí se distingue por sus pésimas respuestas a éstas. Ha desperdiciado oportunidades a montones. Pudo haber utilizado la crisis de la Casa Blanca para proponer, de una vez por todas, cambios reales y de fondo, para convencer al pueblo de México de la magnitud del reto que forjar un Estado de derecho implica, para construir alianzas. Ante la crisis en el mercado petrolero, pudo exigir una reforma fiscal profunda que ensanche la base, incremente la formalidad, incentive al pago de impuestos y simplifique trámites, a cambio de exigir cumplimiento. Pudo aprovechar el recrudecimiento de la violencia para proponer cambios de fondo en la forma en que el Estado usa la fuerza; ante la crisis de derechos humanos, pudo proponer cambios en el sistema de impartición de justicia.

No nos engañemos. Ningún problema previo se origina o resuelve en la presidencia. Pero ésta puede ser efectivo catalizador de cambio, precisamente porque el presidente pesa. En vez de eso, Enrique Peña Nieto se hace cada día más pequeño. Y el empequeñecimiento continuará conforme se acerque el cambio de sexenio y le llegue el momento de hacer los nuevos sobres.

El desgaste que el Ejecutivo acusa se hace extensivo al gabinete, al PRI, y por medio de éste a otros funcionarios bajo la misma bandera.

Por eso, la posibilidad de que sea otro partido el que llegue a Los Pinos crece día a día. Como ocurrió en las campañas para gubernaturas estatales, se volverá políticamente rentable ofrecer la cabeza de los funcionarios en turno. En el extremo, el potencial 'cambio de régimen' le resultará apetecible a muchos, particularmente a aquellos equivocadamente convencidos de que no puede haber peor gobierno. Siempre es posible. Si no, pregúntenle a Maduro en Venezuela.

La otra peligrosa consecuencia de un cambio evidente de partido en el poder sería una especie de Año de Hidalgo turbo cargado, particularmente cuando muchos priistas recordarán lo duros que fueron los 12 años fuera de Los Pinos.

México necesita liderazgo. En la política no duran los espacios vacíos. Siempre surge quién los llene. Ante la percepción de debilidad, el enemigo se crece. Ahí están CNTE y crimen organizado haciendo su agosto.

Twitter: @jorgesuarezv

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