Opinión

El presidente está enojado

Desde hace varias semanas el presidente Enrique Peña Nieto perdió dirección. Iguala le rompió su mapa de navegación y, en las condiciones actuales de ilegitimidad que enfrenta a nivel nacional e internacional, incluso hasta en riesgo pone el proyecto de nación que construyó con los partidos políticos dentro del Pacto por México. Desde que regresó de su viaje por Asia hace 10 días, cambió el tono del discurso y no ha dejado de verse enojado. Nada es más peligroso para él, para su gobierno y para el país, que la molestia lo empape porque no pueda restaurar el orden, la seguridad y la estabilidad. Pero tomar decisiones con el ánimo incendiado es lo peor que puede sucederle a él, y abre el camino para que la crisis se profundice y arrastre a todos.

El viernes pasado hubo una demostración a puertas cerradas de que el presidente ya no está viendo quién la hizo sino quién se la paga. En una de las muy raras ocasiones que ha convocado al gabinete en pleno, reunió al mediodía en Los Pinos a todas las secretarias y secretarios de Estado para hacerles una reprimenda que en sus términos y especificaciones, nadie en su equipo lo recuerda. Pero tan notorio como el espíritu beligerante y fulminante de su actitud, fue que dijera quiénes de todos los ahí presentes, no eran responsables de lo que está pasando.

Peña Nieto dijo al gabinete que lo que sucedía en el país no era responsabilidad, menos culpa aún, del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, o del secretario de Hacienda, Luis Videgaray. En una frase, los descartó del sonoro regaño que estaba haciendo. Es decir, dejó ver claramente su postura y creencia de que lo que sucedía no era resultado de ingobernabilidad o de que las cosas en materia de gobernación, seguridad y desaceleración económica fueran factores de inquietud y molestia nacional, sino de la falta de apoyo por parte del resto del gabinete que lo ha dejado solo.

El presidente se quejó de que ninguno de los presentes, salvo casos específicos, salieran a dar la cara por él. Por ejemplo, en el momento de mayor intensidad, de acuerdo con una versión de la reunión, dijo que durante las marchas de protesta del 20 de noviembre vio desfilar contingentes del sector campesino. Sin mencionar su nombre directamente, cuestionó al secretario de Agricultura, Enrique Martínez, por no haber operado políticamente para desactivarlos. Para qué necesitaba un responsable de agricultura, sugirió, si él tenía que hacer su trabajo.

Peña Nieto olvidó en el enojo que los sectores campesinos no responden homogéneamente al gobierno o al PRI, sino que hay numerosas organizaciones cuyos intereses y lealtades están en la oposición o, en el contexto actual del conflicto iniciado en Guerrero, están vinculadas a la guerrilla. No sabe, porque seguramente no se lo han dicho, de la inconformidad en el gabinete que podrían contribuir con experiencias y operación, porque han sido totalmente marginados y aislados de todo tipo de acción por la Oficina de la Presidencia, que encabeza Aurelio Nuño.

La furia del presidente no tiene sentido porque el deterioro acelerado de las condiciones de gobernabilidad en el país y el creciente clima de inestabilidad en varias regiones, están directamente vinculados al proceso de toma de decisiones que él escogió y aprobó, que lo tiene encapsulado por un pequeño grupo de colaboradores en los que confía ciegamente –son a quienes deslindó de responsabilidades. Peña Nieto vive una endogamia presidencial donde, por lo que planteó al gabinete, no se ha dado cuenta que no se ha dado cuenta. Ni siquiera, por lo que deja traslucir con sus actitudes, ha escuchado lo que han estado declarando sus propios secretarios de Estado.

¿Por qué el secretario de la Defensa, general Salvador Cienfuegos, hizo público que la decisión de cancelar el desfile del 20 de noviembre no había sido suya? ¿Por qué responsabilizó implícitamente a los políticos de ello, y deslindó a los militares? ¿No acaso el general Cienfuegos le estaba diciendo algo importante al presidente? O cuando el secretario Videgaray declaró en Washington que los sucesos en Guerrero ponían en riesgo las inversiones, ¿de qué pensaría el presidente que estaba hablando si no de ingobernabilidad?

No quiere ver el presidente que el diseño de toma de decisiones en Los Pinos, no una persona en particular, es responsable directo –y por ende culpable– de que las cosas no le estén saliendo. O quizás no pueda ver lo que pasa en el entorno porque la cápsula en la que ha estado hace dos años lo ha hecho ver una realidad mexicana que es falsa.

Si se enoja por frustración, por impotencia, o porque siente que las cosas no salen porque su gabinete es el que le está fallando y no el diseño para la toma de decisiones, el terreno en el que se está metiendo es el de la paranoia, donde entre más se encierre más yerros va a cometer. Si esto continúa como hasta ahora, la furia contra el gabinete contaminará su estado de ánimo general y todas las acciones para restaurar la paz nacional. Pero esto será imposible si no enfría la cabeza, se serena, y acepta que puede haber gente capaz de ayudarle afuera de la presidencia tripartita en la que tanto confía.

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