Opinión

El PRD de Peña Nieto

A nadie sorprenderá que las elecciones para elegir nuevo presidente del PRD queden manchadas por irregularidades. Está en su código genético disputar con lodo el poder en un partido que desde su fundación amalgama corrientes políticas con orígenes y métodos de lucha a veces antagónicos, incapaz de lograr cohesión institucional. Lo distinto ahora es que en la nueva disputa por el poder se juega la viabilidad de una oposición de izquierda en el corto plazo, y la franquicia entre una izquierda gobiernista, y una que por definición es opositora, en el largo plazo.

La fractura entre Nueva Izquierda, la corriente conocida como Los Chuchos –poyada por un grupo de tribus protopriistas–, y una coalición de izquierda que se está construyendo, es una realidad que preocupa al principal afectado por esta incertidumbre: el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. Sólo Los Chuchos no quieren ver que una oposición dócil tiene consecuencias negativas, porque inclusive dentro del gobierno advirtieron que sus aliados podrían acelerar el rompimiento, con su insistencia a mantener el control del PRD por sobre todas las cosas, en un momento donde el presidente necesita aliados para consolidar sus reformas, y no enfrentar adversarios cuyo objetivo político y electoral es descarrilarlas.

Por eso se sumó discretamente a los esfuerzos que querían que Cuauhtémoc Cárdenas fuera electo por consenso presidente del PRD como un recurso para evitar la polarización, porque consideraban que sería un líder que sin estar subordinado a Los Pinos tendría puentes de comunicación con el gobierno. Las corrientes más radicales aceptaban a Cárdenas, pero Los Chuchos dijeron no. ¿Por qué le regalarían un partido cuyo aparato controlan? Carlos Navarrete, decían, será el cuarto presidente sucesivo de la tribu.

Las elecciones para presidente del PRD no eran determinantes para evitar la fractura, ni para acelerarla. Los grupos disidentes de Los Chuchos en el PRD llevan semanas negociando con Andrés Manuel López Obrador una alianza electoral para 2015, que tendrá que ser de facto porque Morena, el partido del dos veces candidato presidencial que acaba de recibir su registro, no puede competir en su primera contienda electoral en coalición.

La oposición común contra Los Chuchos los llevó a iniciar negociaciones para formar coaliciones de facto en las elecciones del próximo año, enfocándose a lo que va a suceder en el Distrito Federal, el bastión de la izquierda que el PRI, en una alianza en ciernes con el PAN, les quiere arrebatar. El planteamiento central de la alianza, planteada a López Obrador por Marcelo Ebrard, que encabeza el Movimiento Progresista, y René Bejarano, líder de Izquierda Democrática, se enfoca en el Distrito Federal, el único bastión que le queda a la izquierda, y que está en riesgo de perder una buena cantidad de su poder frente a la eventual alianza del PRI con el PAN en la capital, que llevan semanas platicando.

La propuesta de Ebrard y Bejarano –cuya corriente es la segunda de mayor fuerza del PRD en la ciudad de México, después de Los Chuchos–, es dejar que todas las tribus presenten sus candidatos en cada delegación y distrito electoral local y federal, y que un mes antes de la elección del 1 de junio, se analice quiénes son los que tienen la posibilidad real de ganar. El resto declinaría a favor de ellos para trasladar sus votos a los mejores competidores, con lo que piensan se evitaría la división de la izquierda anti-gobiernista, y se diluya su oposición.

Las principales resistencias que encuentra esta propuesta es el escepticismo de López Obrador, cuyo argumento principal es la posibilidad que puedan perder todo y, por tanto, quedarse con nada. La postura es conservadora y de alguna manera egoísta, por el peso electoral que tiene el tabasqueño. Su participación en esa alianza es fundamental, porque Morena, según las encuestas que miden su fuerza en el Distrito Federal, tiene 18 por ciento de preferencia electoral contra 22 por ciento del PRD. López Obrador, el político más reconocido en el país detrás de Peña Nieto, tiene un peso político de 8.0 por ciento. Si se concretara esa alianza, todo apunta a que se partiría la militancia y las lealtades dentro del PRD.

Los jefes de Los Chuchos piensan que el voto corporativo que los mantiene en la cima del partido, dará los suficientes votos en las urnas para que venzan a la oposición unida de la izquierda, que va sumando fuerzas. López Obrador tiene el control político del Partido del Trabajo, mientras que Ebrard se ha convertido en el jefe metropolitano de Movimiento Ciudadano. Pero la apuesta estratégica de la izquierda anti-gobiernista no es ganar en 2015, sino comenzar a construir las bases para competir en 2018, en las elecciones presidenciales.

Dentro del PRD de Los Chuchos existe menosprecio por sus adversarios de izquierda, insuflados en buena parte por el acceso al poder en Los Pinos. En la Presidencia los han procurado porque fueron funcionales. Bajo la misma lógica, serían más funcionales si dejaran la presidencia del PRD a otras fuerzas ante la polarización que han creado. Pero eso no lo harán en forma voluntaria. Si sus cálculos son correctos, no tendrán de qué preocuparse. Si no, será bueno que recuerden que cuando en política se deja de ser funcional, se convierte en desechable.

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