Opinión

El populismo bueno
y el malo

 
1
 

 

ME. Los miedos a López Obrador.

El populismo es una de las grandes tradiciones de la cultura y de la práctica política de México. Es una forma de legitimidad del poder político que el PRI ejerció durante décadas, cuando se perseguía la justicia social, la economía crecía por arriba de 6.0 por ciento anual, y la masa salarial se acercaba a 39 por ciento del ingreso nacional (1982).

Fue la época en que el Estado mexicano intervenía en la economía, pero sin descuidar la estabilidad macroeconómica. Eran los años del desarrollo estabilizador, con su retórica nacionalista y populista.

En aquellos años, el PRI se identificaba con la socialdemocracia, en la que militan liberales que creen en los méritos personales, pero también en las ventajas de la acción colectiva para perseguir el bien común.

Esa visión socialdemócrata sobre la buena marcha de la sociedad, entraña un papel mayor para el Estado y el sector público que el que nos recetó el neoliberalismo hace 35 años.

De ahí que hoy el poder político carece de mística para la cohesión popular. En vez de justicia social, se exaltan los méritos de cada quien para alcanzar su beneficio personal; la búsqueda del beneficio material (dinero) es todo lo que nos queda de un propósito colectivo.

El gobierno, el PRI, el PAN y los banqueros presentan la trama electoral en la que está prematuramente involucrado el país, como una disyuntiva entre el populismo de Andrés Manuel López Obrador y el liberalismo de quienes nos gobiernan con la promesa -inverosímil- de dar forma al Estado de derecho y a las libertades individuales.

Oponen al populismo 'irresponsable', el culto a la privatización y al individualismo, y una admiración acrítica por los mercados no regulados.

Lo cierto es que tan irresponsable es apegarse a la libertad de los mercados en espera de que resuelvan por sí solos las aspiraciones sociales a mejores empleos, salarios, educación y salud, como lo es aquel populismo voluntarista que se brinca los márgenes dentro de los que opera la lógica de los mercados.

Ya es tiempo de que aceptemos que la democracia liberal será fallida siempre en un país en que la política no intenta siquiera atemperar las diferencias entre ricos y pobres relacionadas con la libertad sin regulación, de los mercados.

Es tiempo, en cambio, de atraer a la esfera de las decisiones políticas las carencias populares, las desigualdades sociales, las necesidades no atendidas de amplísimas capas de la población, sin incurrir en lo malo del populismo, que es el voluntarismo sin miramientos.

http://estadoysociedad.com

También te puede interesar:
El TLC podría abrirle el país al maíz transgénico
Trump amenaza con el maíz transgénico
Dinero caro