Opinión

El polémico tema del déficit

Una de las preguntas y cuestionamientos que seguramente harán mañana los legisladores al secretario de Hacienda, Luis Videgaray, tiene que ver con el déficit público.

¿Es para preocuparse el nivel que tiene el déficit en el presupuesto para 2015?

A mi parecer no. Pero vamos por partes en la explicación del por qué.

Es del ABC de macroeconomía que un gasto público deficitario tiene un efecto expansivo en la economía si ésta no se encuentra cerca del pleno empleo y puede tener un impulso inflacionario si ya hay cercanía al empleo pleno de personas y capital.

El déficit genera demanda y puede ser algo positivo cuando es moderado y su financiamiento no presiona a los costos del crédito o a la disponibilidad de éste.

La medición tradicional del déficit para 2015 lo ubica en 1.0 por ciento del PIB y en 3.5 por ciento considerando la inversión de Pemex.

Pero además, si consideramos la totalidad de los requerimientos financieros del sector público –que se estiman por primera vez por anticipado y como ancla fiscal en este paquete– el porcentaje respecto al PIB es de 4.0 por ciento frente al 4.2 por ciento de 2014.

A los ortodoxos probablemente no les guste que el sector público contrate deuda, que para el próximo año se solicita hasta un tope de 672 mil 595 millones de pesos.

Pero la realidad es que sin ella, el gasto público caería en 14.4 por ciento respecto a lo previsto y tendría un efecto recesivo sobre la actividad económica.

Otra sería la historia si tuviéramos una trayectoria alcista del déficit; sin embargo, se anticipa que, en su definición más amplia, baje a 2.5 por ciento del PIB a fin de sexenio, y el déficit tradicional esté en cero.

Tampoco se percibe un efecto visible sobre la disponibilidad o costo del crédito.

De acuerdo con la mayor parte de las instituciones bancarias, quizás el problema principal para que el crédito crezca más rápido no es que no haya disponibilidad de éste porque lo absorba el sector público, sino que la baja actividad de la economía ha contenido su demanda.

El impacto del déficit público en los niveles de tasas es también relativamente menor, pues el factor más relevante en el costo del dinero en México son los niveles de riesgo, asociados a las posibilidades de incumplimiento y la falta de seguridad jurídica para la realización de las garantías.

El uso del déficit no es nuevo. En la respuesta que dio el gobierno de Felipe Calderón a la crisis de 2008, también estuvo presente el manejo fiscal. Los requerimientos financieros del sector público, es decir, la medición amplia de la deuda, llegó a ser de 5.0 por ciento del PIB en 2009, bajó hasta 2011 y luego volvió a subir en 2013.

Desde luego que hay que poner todo el acento en las medidas de fiscalización y rendición de cuentas del gasto público, para evitar que vayamos a tener una “piñata” para repartir, como la caracteriza Luis Carlos Ugalde en su más reciente libro.

Y, desde luego, hay que avanzar en una reingeniería del gasto estructural (como ahora se le denomina) para mejorar su eficiencia en serio.

Twitter: @E_Q_