Opinión

'El Piojo', figura de la impunidad

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Barrial, insolente, testarudo se monta en el lodazal del pleito fácil con la prensa, con los árbitros y con sus jugadores. (AP)

El miércoles pasado el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación multó al Partido Verde Ecologista de México por los tuits de promoción que algunas personalidades hicieron a su favor en plena veda electoral. La máxima autoridad en estas controversias determinó que la multa fuera de 150 mil pesos, una cantidad no sólo ridícula con respecto a los montos que maneja un partido político en México, sino incluso menor a lo que en su momento fue reportado como pago a quienes tuitearon esos días a favor de los “verdes” (200 mil pesos).

Si bien el Tribunal dejó pendiente la resolución sobre si multará al entrenador Miguel El Piojo Herrera o al futbolista Oribe Peralta, entre otros, el mensaje de esta autoridad (no se rían) es claro: una evidente maquinación para violar la ley, para no respetar un periodo que se supone exento de propaganda, se castiga con una sanción que no representa sangría ni dolor alguno para el ente sancionado.

Es incierto si a Miguel Herrera le tocará una sanción económica por este caso, o si el Tribunal determinará que el polémico entrenador emitió esos mensajes previos al juego de la Selección en ejercicio de su libertad de expresión, criterio que utilizó el coloquialmente llamado Trife para dejar sin multa a otros que también tuitearon a favor de los “verdes” en la víspera de las elecciones del 7 de junio.

Una sanción ridícula genera impunidad. Una sanción ridícula no abona a la cultura de que es mejor cumplir con las normas. Que los políticos se aprovechen de ese esquema no sorprende, menos aún si se tiene en cuenta que pagarán las sanciones con dinero que no les pertenece. Que individuos ajenos de la política hayan decidido jugársela y emitir mensajes partidistas en un periodo donde está prohibido hacer propaganda podría ser un indicio de cuán baja es hoy la respetabilidad del sistema judicial. Podría ser también una muestra de cuán intocables se sienten quienes han logrado alguna posición de poder. O una combinación de ambas.

En todo caso, para un villamelón del futbol como quien esto escribe, esos mensajes en Twitter marcaron el principio del divorcio de Miguel Herrera con la afición, o con parte de ella, que no le perdona el haberse entrometido en el terreno de la política, al que habría entrado no sólo por la puerta de atrás (con unos tuits tramposos), sino por razones eminentemente pecuniarias.

A pesar de que otras multas pesan sobre el PVEM por su conducta saboteadora de la ley en el pasado proceso electoral, hoy por hoy el daño colateral más visible de las trapacerías de los verdes (los del partido) lo carga, curiosamente, Herrera.

La fisura que el tuitgate provocó en la imagen del Piojo, sumada a una racha desigual en el desempeño de la Selección mexicana y a sus exabruptos (el episodio de ayer en el aeropuerto de Filadelfia no es, ni de lejos, su primer abuso en contra de comunicadores), tienen hoy en la picota a este personaje que nunca entendió que el entrenador de la Selección es una figura de referencia para niños y adultos.

Herrera no es un energúmeno o un pendenciero sin remedio. Ni tuvo una mala mañana ayer, luego de haber ganado un polémico campeonato. No. La explicación a su conducta hay que buscarla en instituciones (privadas –la Femexfut– y públicas –el INE, el Trife–) que ni contienen ni disuaden a quienes abusan.

Sea en el futbol, sea fuera de las canchas.

Twitter: @SalCamarena

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