Opinión

El peñanietismo, errores sin castigo

Enrique Peña Nieto ha decidido que la mejor manera de intentar salir de la crisis en que está, es atrincherándose. No hay más camino que el nuestro, ni mejores hombres que los que desde hace años me acompañan, es el mensaje que han recibido los mexicanos en las últimas jornadas. La renuncia del presidente a cambiar o corregir llega al punto de que su equipo se permite reconocer errores, pero nada dicen de pagar costos. Como si las fallas no tuvieran consecuencias, como si la función pública no implicara, sobre todo, responsabilidades.
Porque ahora resulta que sí, que lo que varios especialistas, y más de un columnista, dijeron durante meses y meses era, por supuesto, verdad: la inseguridad y la violencia no desaparecieron con el arribo de Peña Nieto a Los Pinos. Los únicos que no querían ver que el “cambio de narrativa” no llevaba a buen puerto están en el PRI-gobierno y entre sus convenencieros aliados.

Nada más ilustrativo sobre lo anterior que una declaración del líder de los senadores priistas, Emilio Gamboa Patrón, quien a finales de noviembre declaró: “ahí está el caso de Iguala, que nos abrió los ojos con gran tristeza y amargura”. El senador yucateco reconoce que para él no existían los miles de muertos y desaparecidos ocurridos en este sexenio previamente al 26 de septiembre. Ni existía la obligación de procurar justicia para los miles de casos heredados del sexenio anterior.

Las palabras de Gamboa Patrón, sin embargo, no son muy distintas al intento de mea culpa que ha hecho el propio gobierno. En declaraciones a El País publicadas ayer, Aurelio Nuño, jefe de la Oficina de la Presidencia, reconoció que “nos faltó una agenda más contundente en materia de seguridad y de Estado de derecho. Nos quedamos cortos. No vimos la dimensión del problema y la prioridad que debería haber tenido”.

Si hoy el equipo de Peña Nieto declara que el tema de la inseguridad no estaba como debía en las prioridades del gobierno, entonces alguien se equivocó. Y ese equívoco no es menor, trajo consecuencias. Consecuencias que se podrían medir en muertos, en pérdidas materiales, en heridos, en daños patrimoniales de familias que han tenido que pagar secuestros y/o extorsiones, en dolor, en desaparecidos. ¿Quién se equivocó? ¿El presidente? ¿Su equipo? ¿Su secretario de Gobernación? ¿Todo el gabinete de seguridad? ¿Quién?

Y sobre todo: cómo sabemos que ése, o esos, que se quedaron “cortos” con la anterior estrategia (es un decir) anticrimen de este gobierno no están de nuevo errando con la agenda que presentó el mandatario el jueves 27 de noviembre. Cómo confiar en los que dicen que han corregido si sólo ponen en prenda su palabra, que en vista de los resultados está devaluada.

Como líder de un equipo, Peña Nieto debería tomar nota de la encuesta de Reforma del lunes pasado. En ella se aprecia que todos los miembros de su gabinete, sin excepción, bajaron de calificación. ¿Quién estará hundiendo a quién? ¿El presidente a su equipo, o viceversa? En todo caso, si el conjunto no funciona, la cabeza es la responsable.
Peña Nieto preside la nación. Con esa responsabilidad a cuestas, no debe abonar a la cultura de que los errores no tienen consecuencias.

Sería incomprensible que viera en ello una estrategia ganadora. A menos de que oscuros compromisos le quiten margen de maniobra para hacer cambios en su gabinete, a menos de que la fisura creada por el caso de la “casa blanca” sea tan profunda que no se puede dar el lujo de incluir en su entorno a no incondicionales.

Twitter: @SalCamarena