Opinión

El pederasta de San Luis

El caso del cura expulsado por el Vaticano apenas esta semana, plantea las condiciones para que, por primera vez, la justicia mexicana aborde un caso de esta naturaleza con la gravedad y el peso total de la ley.

Eduardo Córdova Bautista ejerció como sacerdote en la Arquidiócesis de San Luis Potosí por más de tres décadas, acumulando denuncias y acusaciones por violación y abuso sexual a menores. Nadie hizo nada en todos estos años: prelados, obispos, funcionarios públicos, gobernadores. Todos fungieron como silentes encubridores al grado de otorgarle cargos y funciones muy por encima de su calidad moral.

Alberto Athié, un ejemplar exsacerdote que hoy dedica su energía y talento a proteger a víctimas de estos criminales pederastas incrustados en la estructura eclesiástica, ha señalado la posible existencia de más de 100 casos documentados de menores que fueron víctimas de este criminal.

Como nunca antes, un grupo de abogados integró un expediente con el mayor número de testimonios y denuncias contra Córdova, en el que no sólo lo señalan a él como abusador, sino a las autoridades civiles y eclesiásticas que en su momento recibieron noticia y denuncia de los abusos. Es decir, por primera vez, una Procuraduría estatal –la de San Luis Potosí– tiene en sus manos un abultado expediente que señala a los eventuales cómplices o encubridores del criminal.

Es una oportunidad valiosa para encarcelar al pederasta, consignarlo y sentenciarlo bajo un juicio completo, pero también para que quienes por omisión o por acción premeditada de encubrimiento reciban castigo y sanción. Todos debemos entender en este país, funcionarios públicos y autoridades clericales, que se acabaron los tiempos de proteger, de “enviar a discreto retiro espiritual”, de recomendar a un psiquiatra, de hacer intercambios con otra diócesis y de tantos y tantos mecanismos mediante los cuales se protegió y encubrió a pederastas por décadas.

Que se castigue también a los encubridores, a ver quién quiere en el futuro volver a esconder a un criminal abusador de menores. ¡Basta! Imagine usted a una muy devota y orgullosa delegación de obispos mexicanos viajando al Vaticano para la muy reciente canonización de Juan Pablo II. Entre esos, iba el pederasta de San Luis, codeándose con los pastores de la Iglesia Católica en México. Es como si en una reunión de procuradores de Justicia, se colara El Chapo o cualquier otro criminal. Inadmisible. Pero aún se agrava: Córdova Bautista no regresó a México, aparentemente voló a España desde Roma y ahí le perdieron la pista.

Una vez más fue protegido, advertido, le dieron un “pitazo” de lo que haría el Vaticano en unas semanas y la investigación en curso en México. Se escapó gracias a la mano poderosa que conocía la información y eligió encubrirlo en vez de hacer justicia, limpiar el nombre de la Iglesia y atender a las víctimas.

Que lo busque la Interpol, que se emita la ficha, que lo encuentren y lo traigan en cadenas.

Basta de estos criminales de delitos gigantescos a menores desprotegidos, cuyo daño es grave y profundo por muchos años.