Opinión

El patio trasero de Kerry

John Kerry relevó a Hillary Clinton como jefe de la diplomacia de Estados Unidos en febrero de 2013 y tardó muy poco en meterse en problemas con los países de América Latina. En un discurso ante el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Diputados en abril, consideró a estas naciones como su “patio trasero”, el término acuñado en 1823 cuando el presidente James Monroe promulgó la Doctrina Monroe, que disuadía a los europeos de incrementar su influencia o recolonizar América Latina. Esa doctrina, que era relativamente pasiva, se volvió amenaza directa a principios del Siglo XX con la política del “Gran Garrote”, mediante la cual el presidente Theodore Roosevelt agregó el llamado “Corolario Roosevelt”: si una potencia europea intervenía en el Hemisferio, habría guerra. América era para ellos y para nadie más.

No está claro porqué Kerry, que presidió el poderoso Comité de Relaciones Exteriores del Senado en la cúspide de una carrera parlamentaria de 24 años, se expresó con tanto desprecio por América Latina, aunque en el Capitolio reconoció en esa misma audiencia que la región era de “vital importancia” para Estados Unidos. Siete meses después, en un discurso en la Organización de Estados Americanos en Washington, Kerry rectificó. “La era de la Doctrina Monroe ha terminado”, dijo. En su primer año como secretario de Estado, ha tratado de ver de manera diferente a América Latina.

En la relación con José Antonio Meade, el secretario de Relaciones Exteriores, fue notando la diferencia. “La primera vez que hablamos no estaba enterado de los asuntos bilaterales”, recordó hace poco tiempo el canciller, de cuando lo visitó recién nombrado el año pasado. “Pero la segunda vez –dijo a propósito de su encuentro en Washington antes de la Cumbre de Líderes en Toluca, en febrero–, estaba perfectamente enterado de todos los temas a detalle”.

Hace mucho tiempo, inclusive cuando a Kerry todavía le rebotaba en el subconsciente la Doctrina Monroe, los países latinoamericanos habían comenzado a alejarse de Estados Unidos y acercarse a China. Cuando Obama hizo su primer viaje a América Latina como presidente en marzo de 2011 –una gira meramente simbólica–, el presidente chino Hu Jintao ya había visitado cuatro países, y en Brasil había firmado 39 acuerdos bilaterales con inversiones superiores a los 100 mil millones de dólares. En ese viaje los chinos dijeron que esperaban que el comercio con esos países llegara a esa suma, que fue lograda tres años de la meta. En menos de 10 años, desde que en 2001 los chinos comenzaron su escalada comercial, alcanzaron casi el 25 por ciento del total del comercio de Estados Unidos con la región.

Inclusive en México, el aliado más sólido que tiene Estados Unidos en la región, los chinos han entrado gradualmente a la economía y a contribuir en el desarrollo nacional. Dos de los proyectos más notorios son los de Dragon Mart en Cancún, un centro de exposiciones –show room– para más de mil expositores con una inversión inicial durante los primeros 18 meses por casi dos mil 400 millones de dólares, y Cabo Dorado, un complejo turístico de alto costo colindante con la reserva de Cabo Pulmo, que incluiría un centro cultural para estudios asiáticos y un centro de entrenamiento de alto rendimiento, con una inversión inicial de tres mil 600 millones de dólares, que se encuentran sometidos a una presión ambientalista y política para que no se lleven a cabo.

Los chinos han expresado a cuanto funcionario mexicano habla con ellos, de su gran interés por invertir en México. La reforma energética los llevó a firmar memorándums de entendimiento con Pemex para colaborar en la exploración en aguas profundas y trazados de ductos especializados con dos empresas chinas, y elevar en 600 por ciento la venta de petróleo mexicano a esa nación a partir de febrero. Ofrecieron también inversiones para participar en el servicio de carga de ferrocarriles, y mantienen constantes intercambios militares, aunque aún no venden equipos militares –los únicos armamentos chinos en México los tienen los cárteles de la droga. Señal de la nueva geopolítica, en septiembre pasado, el presidente chino Xi Jinping fue recibido en México con un desfile militar en el Campo Marte, y el Senado le abrió las puertas para que pronunciara un discurso. Cinco meses antes, cuando fue al foro económico en Boao, el presidente Enrique Peña Nieto describió a China en una entrevista con la agencia de noticias Xinhua como “un socio estratégico” y un “factor de balance” en el comercio mundial. Pero además, dijo, “México puede ser la puerta de entrada de China a Norteamérica, el mercado más rico del mundo”.

Los chinos no han dejado de coquetear fuertemente con México, mientras Estados Unidos mantiene las líneas generales de su política con muy pocas variables. La agenda pública de Kerry en México lo demostró: educación, seguridad fronteriza y deportaciones. México no volteará hacia China tan rápidamente como lo están haciendo en el resto de la región, pero la geopolítica está cambiando aceleradamente y un nuevo polo de poder se está construyendo los cimientos en el patio trasero que no olvida Kerry.