Opinión

El Papa, Trump y Peña

 
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Donald Trump

Ante la crisis, dos posiciones y el desconcierto. Durante décadas, la economía política global ha estado padeciendo bajas inversiones productivas, bajos salarios, alto desempleo, burbujas de especulación financiera, descrédito de los gobiernos ante la frustración social y un dañino deterioro ambiental.

El papa Francisco y Donald Trump tienen visiones radicalmente opuestas sobre la compleja situación, y cómo superarla.

La de Jorge Bergoglio puede leerse en la encíclica Sobre el cuidado de la casa común publicada el 24 de mayo de 2015; en ella, el pontífice atribuye el cambio climático al modelo de producción industrial y al estilo de vida basado en el consumismo y cuestiona la idea contemporánea de 'progreso' basado en un “crecimiento voraz e irresponsable que se produjo durante muchas décadas”, guiado por el “concepto mágico del mercado”.

En consecuencia, el Papa propone “cambiar el modelo de desarrollo global”. Su propuesta medular es que “la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida”, lo que implicaría “aceptar cierto descrecimiento en algunas partes del mundo, aportando recursos para que se pueda crecer sanamente en otras partes”.

Una de las premisas básicas de la propuesta papal es que el crecimiento industrial ilimitado es insostenible. Producimos y consumimos como si dispusiéramos de 1.25 planetas y si todos consumiéramos lo mismo que un estadounidense medio, se necesitarían cinco planetas.

A Trump se le han dedicado muchos adjetivos, casi todos ciertos. Que carezca de ética y mienta compulsivamente, no significa que sea un ingenuo o que no sepa lo que quiere hacer.

Trump no quiere cambiar el modelo de crecimiento industrial basado en el consumismo, sino asegurar que los costos de la crisis, consistentes en tasas menores e inclusive negativas de crecimiento, los paguen otras economías, empezando por China.

Trump no piensa en la vida del planeta sino en la rentabilidad de los negocios, que está carcomida por la crisis. Para alentar ese crecimiento en Estados Unidos ofrecerá estímulos fiscales, levantará barreras proteccionistas a su mercado y exigirá ventajas en mercados extranjeros, con la amenaza de sostener una guerra comercial.

Mientras su estrategia se vuelve insostenible, viviremos dos o tres años aciagos en el mundo.

México es un país muy dividido y, por lo tanto, vulnerable ante la crisis global y ante Trump. La mayor división es entre el gobierno y la sociedad. Según Global Advisor, 96 por ciento de los mexicanos consideran que la dirección que lleva el país es equivocada; sólo 12 por ciento aprueba a Peña Nieto. Es la peor crisis de representación de la sociedad en sus autoridades, desde que se llevan esos registros y mucho antes.

El problema no es ya el presidente, sino la incapacidad para resolver problemas en el país. Entre otros, destaca el de negociar con Trump. Él puso la agenda: TLCAN, deportaciones masivas y marcaje hostil con el levantamiento de un muro para dividir la frontera.

Tocaría a México aprobarla o modificarla, y aportar a las reglas para su desahogo. Lo que está en juego es evitar las extorsiones del tirano y no tolerar más sus majaderías.

Lo que en el fondo tiene que decidir el gobierno es si lo que le conviene a México es una mayor integración (dependiente), a la que se le dedicaron décadas y que ahora Trump se propone desmantelar, o movilizar y desarrollar capacidades productivas en función del mercado interno y de la autodeterminación en el comercio internacional.

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