Opinión

El Papa Francisco
en Estrasburgo

Tuvieron que pasar cinco lustros para que un Papa regresara a hablar ante el Pleno del Parlamento europeo. 25 años son muchos si se piensa en lo fundamental que pueden resultar las inspiradoras palabras de un líder religioso indispensable en el epicentro de la democracia occidental.

Destacó mucho ayer Francisco en Estrasburgo. El Papa inició hablando de la globalidad y de la reducción de Europa en el mundo; de un mundo interconectado, en movimiento, veloz. Sus frases de ayer quedarán en los anales de la colectividad mundial en un momento en que el planeta experimenta múltiples conflictos sin que se perciba que la solución pueda venir de las instituciones, como ocurre con el desempleo juvenil, con la xenofobia radical, o con los enfoques económicos que por un lado relajan y por otro aprietan las políticas fiscales.

El Papa criticó la política de derechos humanos de Europa, tan defendida allá, y dijo que a veces “esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico, casi como una mónada”, y propugnó porque los derechos del individuo sean defendidos, sí, pero vinculados a la dimensión del bien común. Estas palabras debieron calar fuerte en amplios círculos europeos, en los que el bien común está roto como concepto, ninguneado por los derechos individuales tan defendidos en las últimas décadas.

El discurso de Francisco fue implacable. Criticó los “tecnicismos burocráticos” de las instituciones europeas, y dijo que la “soledad se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social”.

Abordó el centro del problema: los valores que caracterizan al sistema económico, que incitan al individuo a acumular riqueza económica sin fin. Así, habló de los “estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo…”

Francisco sabe que los parlamentarios europeos resuenan en el mundo. Por eso les pidió “mantener viva la realidad de las democracias”, y les dijo que hay que evitar que “su fuerza real –la fuerza política expresiva de los pueblos– sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos”. Fenomenal.

Twitter: @SOYCarlosMota