Opinión

El país que no sabía festejar

1
   

   

El director Alejandro González Iñarritu y su esposa Maria Eladia Hagerman. Su película cuenta con siete nominaciones, entre ellas mejor guion y mejor película de comedia o musical. (Reuters)

Tuve alguna vez un jefe que decía que los gringos eran tan buenos para verse como una nación destinada al éxito, que hasta una misión fallida como la del Apolo 13 la convirtieron en epopeya.

Qué dirá de nosotros, en cambio, el hecho de que convertimos la proeza sin mácula, ni parangón, de varios mexicanos el domingo en Hollywood en un tema de recriminaciones. A tres días de distancia nadie parece reparar en el hecho de que lo que ocurrió el fin de semana en los Oscar fue algo grande, algo que debería escapar de las secciones de espectáculos y convertirse en un modelo a replicar.

El éxito de González Iñárritu y de Lubezki es mérito
puro de ellos; se ganaron el reconocimiento internacional, se lo merecen. No le deben a nadie, menos que a nadie a una circunstancia de cuna o de país, lo que ahora cosechan. Y sin embargo, su desempeño entraña lecciones que podrían ser aprendidas por otros. Nos toca procurar un ambiente que haga que lo del domingo no pierda su dimensión, enorme, en medio de otros problemas nacionales también importantes.

Nadie está hablando de colgarse del éxito de estos cineastas para generar un momento patriotero. Nadie está pidiendo montar homenajes huecos. Hay que rechazar, en efecto, oportunistas intentos como el del PRI, que pretendió “contestar” a González Iñárritu.

Al contrario. El discurso de González Iñárritu tras recibir su tercer Oscar es doblemente pertinente porque llama a la acción a los mexicanos de los dos lados de la frontera.

Universidades, organizaciones no gubernamentales, intelectuales, colectivos sociales, grupos estudiantiles e incluso medios de comunicación deberían darse el tiempo para reflexionar sobre lo que podríamos aprender de eso que han logrado dos compatriotas.

Ahora bien, ¿existirá en México al menos una empresa, o un empresario, que tras lo del domingo se atreva a comprometer recursos para establecer becas para estudiar cine? ¿Para apoyar la enseñanza del inglés? ¿Para patrocinar una cátedra anual con alguno de los ganadores del domingo?

¿Queda algún funcionario con la pasión y la creatividad para diseñar un espacio cultural que capture y haga perdurar algo del orgullo experimentado por tantos y tantos el domingo?

Porque tiene que haber en nosotros una mínima congruencia. El triunfo de González Iñárritu y de Lubezki trasciende al gobierno de Enrique Peña Nieto. Por tanto, no podemos convertir el mensaje del cineasta en una crítica sólo dirigida a la clase gobernante, sólo dirigida al presidente.

Aspirar a pronto tener el gobierno que merecemos, como dijo el director de Birdman, implica el cuestionarnos si cada uno de nosotros, también, está a la altura de las circunstancias, tanto en la actividad privada que realizamos como en nuestro compromiso ciudadano.

No se puede sentir orgullo el domingo, festejar las palabras de Iñárritu, y hoy no estar preocupado por los nubarrones que se ciernen en torno al Ifai, cuyo destino ha sido puesto en jaque por una iniciativa de Ley General de Transparencia.

Es incompatible el celebrar la hazaña de estos cineastas sin protestar por las triquiñuelas, cada vez más sofisticadas, del Partido Verde Ecologista de México.

Aplaudir el mensaje del director de Birdman implica rechazar todo eso que, en efecto, consideremos que no nos merecemos.

Sobra decir que inspirarse en lo ocurrido en el teatro Dolby no está reñido con reclamar justicia para los 43 de Ayotzinapa, de cuya desaparición se cumplen hoy cinco meses.

Contemos bien la historia de estos triunfadores, no vaya ser que estos premios Oscar vengan a confirmar aquello de que en México no sabemos contar ni celebrar los éxitos.

También te puede interesar:
Abecedario mínimo de la mexicanización
Dudas tras la caída del profesor Bejarano
Sedesol: la transa de los paliacates