Opinión

El origen

Hace 25 años, cuando empezaron las primeras reformas de fondo, se fue creando una sensación de avance y transformación que atravesaba toda la vida pública. Se parecía a lo ocurrido una década antes, cuando el modelo del viejo régimen se llevó a sus últimas consecuencias, y nos metió en la peor crisis de la historia moderna. La etapa de las primeras reformas también se vino abajo, hace 20 años, en medio de la peor crisis política reciente: los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu.

Aunque la crisis de 1982 debió enterrar para siempre el modelo revolucionario, éste está tan metido en nuestro interior que resiste casi todo. Para eso sí sirve el sistema educativo mexicano, para adoctrinar en el mito. Si lo duda, pregunte a cualquier maestro: puede ser que le cueste trabajo multiplicar, o que olvide lavarse las manos, pero el compromiso social con los que menos tienen y la resistencia contra el capital privado e internacional, eso sí lo sabe de memoria.

En cambio, la crisis de 1994, que sin los asesinatos políticos posiblemente jamás hubiese ocurrido, sí produjo un rechazo a la modernización que, me parece, es lo que explica por qué esta segunda ronda de reformas, que termina lo que quedó pendiente en la anterior, no produce la misma sensación de avance y transformación.

Habrá quien diga que es porque la mula no era arisca, pero insisto en la diferencia de trato con las dos grandes crisis. La peor, la de origen netamente económico, la del despilfarro, que debió haber cerrado el experimento revolucionario, se olvidó muy pronto. La otra, provocada por los magnicidios, ahí sigue, y no nos deja entrar de lleno en la modernidad.

El éxito de una economía no resulta de reformas como las que hicimos, que son necesarias pero no suficientes. El éxito proviene de una forma de pensar que en México nunca ha sido mayoritaria. El éxito económico ocurre cuando la sociedad reconoce y apoya la creación de riqueza, y rechaza la riqueza por privilegios. Y eso en México no ocurre.

Parece existir una mayor preocupación por la corrupción en los últimos meses, y eso está muy bien, pero el fondo del problema es un poco distinto. Durante todo el siglo pasado, y todavía hoy, el camino seguro a la riqueza en México no ha sido producir, sino asociarse con los políticos. De ahí surgieron las grandes fortunas nacionales. Y durante todo ese tiempo, fuimos educados en el desprecio al emprendedor y en la celebración de obreros, campesinos e indígenas.

Así, los empresarios productivos siempre han sido despreciados. Por las mayorías, debido a que eso aprendieron; y por las minorías enriquecidas, porque saben que el camino a la riqueza no es el trabajo ni la productividad, sino la buena amistad con los políticos. En tiempos recientes, una pequeña desviación ha sido el reconocimiento social al enriquecimiento a través del crimen organizado. No muy diferente del camino de la política.

El cambio de fondo ocurrirá cuando abandonemos nuestras formas premodernas, es decir, la rígida estructura de clases/castas, el peso del criterio de autoridad, la subordinación frente a la riqueza mal habida, la mitología de la pobreza. En suma, el desprecio a la productividad.

Twitter: @macariomx