Opinión

El origen del problema

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pobreza

América Latina es el continente con mayor desigualdad en el mundo. Aunque hay países africanos que compiten con los nuestros, en general los indicadores de desigualdad son peores acá. Leandro Prados de la Escosura ha mostrado que esa desigualdad no tiene su origen en la Colonia, sino en el proceso de la primera globalización (1870-1914) y en el siglo XX.

En mi opinión, esta desigualdad es producto del camino que seguimos: como parte del Imperio Español, nos mantuvimos al margen de la modernidad durante los siglos XVI y XVII. Después de la Guerra de Sucesión, nos incorporamos al mercantilismo francés, y las reformas que se promovieron en consecuencia provocaron serias preocupaciones en las élites coloniales, que aprovecharon la invasión de Napoleón a España para separarse del Imperio. No porque quisiéramos ser liberales, sino por lo contrario, para evitar ese proceso de igualación que en Europa inició en el siglo XVI.

A partir de la Reforma (1517) hay un vacío de poder en el noroeste de Europa que permite el ascenso de un nuevo grupo que no sólo es capaz de generar riqueza, sino de gobernarse. El surgimiento de la burguesía de los Países Bajos provocará una gran guerra con el Imperio Español, que no deseaba perder el control de la región. Esa guerra acabará mezclada con la Guerra de los Treinta Años (la más violenta jamás peleada, también de origen religioso), y a su término el mundo europeo es muy diferente. Los estudiosos de las relaciones internacionales suelen fechar el inicio de las naciones en 1648, al final de la Guerra de los Treinta Años. Para entonces, España ya es una potencia de segundo orden, en el mejor de los casos. Los Países Bajos, en cambio, son la economía más dinámica del continente, y en 1688 exportan ese dinamismo a Gran Bretaña, junto con los nuevos reyes William y Mary, de la casa gobernante en Países Bajos.

El siglo siguiente se disputa entre Francia y la alianza Gran Bretaña-Países Bajos, y poco antes del fin del siglo XVIII este largo proceso (tres siglos) ha sentado las bases del crecimiento económico (que tradicionalmente se fecha hacia 1780, con la Revolución Industrial) y de la democracia (que tiene dos grandes momentos, 1776 en Estados Unidos, 1789 en Francia). Todo ese tiempo, le decía, estuvimos fuera, como parte de un Imperio Español que defendió hasta el final su derecho a vivir en el pasado.

Pero seguimos fuera después, porque nos independizamos para evitar la invasión de la democracia y el capitalismo, y sólo nos incorporamos al mercado mundial hacia 1870, en esa primera globalización moderna. Y puesto que nos incorporamos como proveedores de bienes primarios, en territorios controlados por las élites locales (criollas, casi siempre), prácticamente todos los frutos del crecimiento económico fueron capturados por dichas élites. No ocurrió lo mismo en Europa, en donde la transformación tenía su origen; ni en Asía, en donde los viejos reinos e imperios autóctonos fueron menos rapaces que nuestras élites; ni en África, sin organización política relevante, que fue saqueada.

Es decir que la gran desigualdad latinoamericana tiene una explicación histórica: evadimos en todo lo posible la modernidad, y nos sumamos periféricamente a ella como proveedores, permitiendo a las élites locales acumular grandes riquezas producto de la captura de rentas. En el siglo XX muchos políticos optaron por saquear a las élites, repartiendo clientelarmente parte de la riqueza, y capturando para sí el resto. Lo hicieron prometiendo el fin de la pobreza y la desigualdad, por cierto.

El origen de la elevadísima desigualdad en América Latina es esta negativa a aceptar la esencia de la modernidad: que todos somos iguales. Es decir, el problema no es económico. Es peor.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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