Opinión

El ocaso de las cumbres del G-20

13 noviembre 2014 11:29

La cumbre de líderes del G-20 que se celebrará en Brisbane, Australia, el 15 y 16 de noviembre, será una reunión prácticamente simbólica. Su principal resultado podría ser el compromiso de aumentar el crecimiento de la economía de los países miembros, al menos 2.0 por ciento en los próximos cinco años. Esta meta, que anunciaron los ministros de Finanzas a principios de año, es vaga, modesta y vulnerable. Depende en gran medida de consideraciones de política interna en un entorno en que los países tienen cada vez menos margen de política fiscal y monetaria para estimular el crecimiento de sus economías.

A fin de cumplir la meta de 2.0 por ciento, la presidencia australiana del G-20 coordina un plan de acción que se centra en el potencial de crecimiento que ofrecen las reformas estructurales y establece mecanismos para ampliar la inversion pública y privada en proyectos de infraestructura. No obstante, los resultados esperados en Brisbane no van a entusiasmar a los mercados financieros, ni a los medios, ni a la opinión pública. Instituciones y académicos detractores de la cumbre relacionan el estancamiento de la economía con la grave concentración del ingreso y han urgido a tomar medidas más drásticas bajo el liderazgo creíble de alguien.

Lo que es cierto es que el foro ya no despierta el entusiasmo de hace algunos años. Esto se debe a que dejó de funcionar como un mecanismo de coordinación de políticas económicas, como lo hizo en sus inicios. Los miembros del grupo han dejado de coordinar entre sí sus políticas macroeconómicas. Por ejemplo, es probable que se hayan enterado por la prensa del fin de la aplicación de medidas monetarias no convencionales (quantitative easing) en Estados Unidos, a pesar de la fuerte volatilidad que producen en los tipos de cambio de países emergentes, como Turquía, India y Brasil. La reducción del déficit en Japón y la política fiscal de la Eurozona también se definen sin tomar en cuenta las consecuencias que tienen para terceros. Algo similar ocurre con la agenda de regulación financiera, que si bien tuvo un avance inicial importante, pierde coherencia y armonía en su instrumentación.

Cuando el G-20 se convirtió en un encuentro de líderes despertaba optimismo. Debido a su membresía reducida y al peso político de sus integrantes, se pensaba que era posible alcanzar acuerdos fundamentales en temas financieros y económicos en los que se habían estancado las negociaciones en otros foros multilaterales. Sin embargo, el grupo ha perdido efectividad por razones estructurales y coyunturales. Su agenda creció más de lo debido y ha incluido temas que duplican esfuerzos de otros organismos mejor capacitados para su cumplimiento. El G-20 también se comprometió en sucesivas cumbres a adoptar medidas que no ha cumplido, lo que lo ha llevado a perder credibilidad y relevancia.

Se pensaba que el G-20 ayudaría a destrabar temas de la agenda internacional que se habían estancado. Lamentablemente esto no ha ocurrido y es muy improbable que lo haga en Brisbane. La reforma de cuotas y gobierno del FMI –que acordó el G-20 en 2010 para dar mayor voz y voto a los países emergentes en la toma de decisiones de este organismo– continúa sin entrar en vigor por la oposición del Congreso estadounidense, a pesar de que debió hacerlo en 2012. Difícilmente la cumbre contribuirá a flexibilizar la posición de India, que desde mediados de año ha bloqueado el avance en las negociaciones de un acuerdo de facilitación comercial y que permitiría comenzar a avanzar en la agenda de Doha de la Organización Mundial de Comercio, paralizada desde hace 15 años.

De seguir su camino actual, es probable que las próximas cumbres sirvan primordialmente para sostener encuentros bilaterales entre los líderes que asistan y dejen de lado el objetivo original de coordinar las políticas económicas entre sus miembros. Esto sería verdaderamente preocupante: la crisis económica de 2008 subrayó la integración de los mercados financieros y la interdependencia entre países desarrollados y emergentes. Ningún país, independientemente de su poderío económico, pudo resolver por sí solo los serios problemas que enfrentaba en ese momento. Sin embargo, el espíritu de cooperación se ha desvanecido conforme desaparecen los retos más urgentes. La memoria es corta y la crisis más larga de lo esperado.

Twitter: @lourdesaranda