Opinión

El nuevo nacionalismo mexicano

 
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Bimbo

Lo normal es que países que colindan con una potencia asuman una actitud defensiva. Lo extraordinario de nuestro tiempo es que hay una superpotencia que se ve a sí misma como víctima (“nos quitan nuestros empleos, nos mandan a sus hombres malos, nos vapulean con tratados injustos”), temerosa (los que alzan muros para protegerse son los que tienen miedo) y agresiva (los que recurren a la violencia son los más inseguros). Extraordinaria es, también, la profunda transformación del nacionalismo mexicano.

Frente a las actitudes y el discurso francamente antimexicano de Trump, los mexicanos apenas se manifiestan (más la élite que el pueblo), y, si marchan, no se detienen frente a la Embajada americana, como antes era parada obligatoria de cualquier marcha. No he registrado un solo incidente contra turistas norteamericanos en México (gringos go home). Los boicots contra empresas americanas no han sido secundados. El día en que se jugó el Super Bowl –espectáculo gringo por excelencia– los restaurantes estaban abarrotados de espectadores. Al día siguiente todos los periódicos mostraban fotos del partido en sus primeras planas. Con una madurez nacional poco común, los mexicanos han sabido distinguir las actitudes hostiles de Trump de las del pueblo vecino. Con excepciones: los videos de agresiones verbales contra migrantes. Frente a esos hechos, hay indignación mexicana, pero sobre todo templanza. ¿Qué pasó en México que de pronto superó ese nacionalismo a la defensiva y victimista que durante décadas nos caracterizó?

La relación con Estados Unidos ha sido siempre compleja, de amor y odio. Veinte años después de que Estados Unidos invadiera México y se anexara buena parte de nuestro territorio, los liberales mexicanos (Juárez y Ocampo a la cabeza) veían con sincera admiración al pueblo y gobierno norteamericanos. Más adelante, a pesar de la abierta injerencia del embajador americano en la aprehensión y muerte de Madero, y de la postura nacionalista respecto a los bienes del subsuelo planteada en la Constitución, muy pronto se permitió a compañías norteamericanas y británicas adueñarse de grandes feudos petroleros (verdaderos estados dentro del Estado mexicano). No obstante la expropiación cardenista, de las tensión que esto suscitó con nuestros vecinos y de la actitud filonazi de la clase media mexicana, nuestro país se alió con los Estados Unidos y enviamos un escuadrón a la guerra.

Todo nacionalismo necesita un enemigo externo para fortalecerse y el nuestro ha sido, con altibajos, los Estados Unidos.

México, escribió el embajador Jeffrey Davidow, en relación con los Estados Unidos, “padece de un estado de desarrollo nacional tardío, que con frecuencia infunde a la relación un resentimiento adolescente y una postura de autodefensa” (El oso y el puercoespín, Grijalbo, 2003).

Lo cierto es que ese resentimiento ha dado paso a una etapa de franca madurez. Desde mediados de los ochenta el nacionalismo revolucionario estaba agotado. Paso previo y necesario para que en los noventa México entrara de lleno al proceso globalizador. La tradicional actitud cerrada de México se transformó en una actitud volcada hacia el exterior. Bimbo es hoy la panificadora más grande del mundo. América Móvil controla gran parte de la telefonía en América del Sur. Como no se ha cansado de repetirlo Trump, México tiene un gigantesco superávit comercial con Estados Unidos. Somos el país que más tratados comerciales tiene en el mundo. Frente a la necedad proteccionista de Trump, México está ya a la búsqueda de nuevos mercados. El exterior ya no nos asusta. El mundo exterior ya no nos hiere.

El nacionalismo revolucionario basado en el mito fundacional de la Revolución dejó de tener vigencia el pasado siglo. Su lugar lo ocupa un nuevo nacionalismo, cimentado en la democracia y en la globalización.

Se dice fácil: el intercambio comercial entre México y Estados Unidos es de un millón de dólares cada minuto.

Esto implica: cientos de proveedores, fábricas, transportistas, importadores y vendedores; millones de empleos, de familias beneficiadas con ese intercambio. Por otro lado, de 1965 a 2015, poco más de 16 millones de mexicanos se trasladaron de este país al vecino: el mayor flujo migratorio en la historia de Estados Unidos, país de migrantes. Ese tránsito extraordinario, a la par que el comercio, han creado un tejido humano formidable que ha modificado de raíz el nacionalismo mexicano.

Este año y el siguiente México estará dominado por el ciclo electoral. A la luz del discurso agresivo de Trump los candidatos tendrán la tentación de resucitar el nacionalismo defensivo. Confío en que la madurez que han alcanzado los mexicanos no se revierta por la irresponsabilidad de nuestros políticos. El discurso antinorteamericano gana aplausos fáciles. El fuego que aviven esos aplausos, si crece, no lo podremos detener.

Twitter:@Fernandogr

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