Opinión

El mundial del toreo, Madrid


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El Payo

San Isidro, Plaza de Toros de Las Ventas, Madrid, le llaman El mundial del toreo. Se trata de 31 festejos seguidos entre corridas, novilladas y festejos de rejones, del 8 de mayo al 7 de junio; 186 toros para que 66 toreros busquen el triunfo en la plaza más importante del mundo. Se dice que un triunfo de Puerta Grande (dos orejas en una tarde) te puede cambiar la vida y carrera. En muchos casos lo ha hecho, pero en muchos otros, toreros que han logrado salir a hombros por la Puerta Grande, hacia la calle de Alcalá, no han alcanzado la cima del toreo.

Ser torero es la profesión más difícil y bonita del mundo, es prácticamente imposible que se den tantos factores a favor de un hombre que se juega la vida ante un toro, el clima, la gente, la espada, la suerte y que el toro que se lidia en ese momento tenga las cualidades que a su vez son prácticamente un milagro se conjunten en un solo animal; dos milagros frente a frente ante el público que puede sumarse a la obra o ser indiferente.

Madrid es majestuoso, señorial, igual que su plaza. De Las Ventas impone su toro, su escala, su ruedo y el desnivel del mismo, sus asientos duros, de piedra, fríos, mudos testigos de sangre y lágrimas de hombres en busca de gloria.

Pero, ¿es la afición de Las Ventas la mejor del mundo? Mi opinión es que no, ni cerca. Hay grandes aficionados en Madrid, hombres y mujeres con conocimiento y respeto por la fiesta, que disfrutan con discreción y elegancia, sin hacerse notar, sin protagonismo como debe de ser. Las Ventas tiene un defecto que es el tendido 7, con los años este grupo antagónico al toreo ha tomado fuerza. Su protagonismo y nula sensibilidad llegan a influir en el resto de la plaza, son ruidosos, les encanta hacerse notar. Al ser festejos diarios la plaza se llena de público más que de aficionados, lo cual es formidable porque ahí están los aficionados en potencia, de esto se aprovechan los del 7.

Al 7 sólo le cabe en la cabeza un tipo de toro, grande hasta sacar de hechuras los diferentes encastes y más fiero que bravo, fina línea de conocimiento y sensibilidad que existe en la tauromaquia. Sólo entienden una forma de torear, llena de conceptos de tertulia, que si la muleta de frente, que si muy cruzado, que la pata pa’lante, etc. Al sólo concebir una forma de embestir y de torear, demuestran grandes limitaciones como aficionados. Ya lo decía Rafael El Gallo, “es mejor aficionado a quien le caben más toreros en la cabeza”.

Cada toro es distinto y cada faena, por lo mismo, se debe acoplar a las virtudes y defectos del toro, más en nuestros días donde la bravura se ha atemperado y su máxima premisa es seguir los engaños con el morro humillado, con ritmo en las patas y poder en la embestida para transmitir el toreo que brota del artista vestido de luces.

Joselito Adame, El Payo y Arturo Saldívar han pasado ya por San Isidro y no han cortado orejas; sin embargo, han demostrado que son grandes toreros cuyo concepto es universal y que están para alternar en las grandes ligas del toreo, aunque muchos no lo sepan ver o no les convenga verlo.

Adame simplemente no tuvo toros que embistieran, mostró madurez al darle a cada uno la lidia correcta, aun sabiendo que no eran materia prima para el triunfo. Madurez, entrega y mucha verdad. Le queda otra tarde, el próximo domingo 17 en la que esperamos el toreo le dé lo que él se merece en base a su carrera.

El Payo estuvo sensacional con el capote, bajó las manos y llevó las embestidas con ritmo y suavidad rematando las series con formidables medias verónicas. Con la muleta se mostró maduro, poderoso y artista, trazo de mano baja en los muletazos. Lástima de la espada en el primero, que bien pudo ser faena de oreja. Los que lo vimos en televisión notamos que su toreo caló tanto que el señor Molés no le echó mayores cuentas. El que entendió, entendió.

Saldívar no tuvo suerte con los toros, el anti-toro de Madrid, noble y con cierto ritmo al que la gente no tomó en cuenta y con el que el hidrocálido estuvo con oficio, aunque cabe decirlo un poco frío.

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