Opinión

El mismo monstruo revolcado


1


Victor Frankestein
Victor Frankenstein
Año: 2015
Director: Paul McGuigan
País: Estados Unidos
Productor: John Davis
Duración: 110 minutos
Cines: Cinemex y Cinépolis

“Ya se saben esta historia”, nos dice Igor (Daniel Radcliffe) al principio de Victor Frankenstein. La advertencia suena engañosa. Asumimos que, si el narrador está consciente de que conocemos el cuento del científico loco y su creatura, lo que viene le dará un giro a esa trama y esos personajes tan manoseados. Pero no es una finta. Victor Frankenstein le añade muy poco a al relato que hemos leído y visto tantísimas veces.

Este Frankenstein (James McAvoy) es similar al que interpretó Peter Cushing en la lúgubre primera entrega de los estudios Hammer y, décadas después, Kenneth Branagh en su opulenta adaptación. Ya saben: un científico obsesionado con darle vida a un esperpento. Gélido como iguana en manos de Cushing, Branagh regresó a la novela de Mary Shelley para hallar el carácter torturado de Frankenstein. McAvoy sigue esa pauta. Su doctor es el de Branagh en esteroides: cuando no está hablando de su trabajo como si se acabara de echar cinco nespressos, sufre y no deja de sufrir. No es fácil jugar a ser Dios.

El guión es de Max Landis, hijo de John Landis, el director de An American Werewolf in London, una cinta que, a diferencia de ésta, logró emplear a un monstruo arquetípico, en un contexto londinense, para darle brío al género. El joven Landis sólo logra matizar un aspecto del Frankenstein cinematográfico: la relación con Igor, su ayudante. Victor rescata al jorobado de un circo y lo lleva a su laboratorio, donde le endereza la columna vertebral y lo recluta como achichincle. Nos tocan montajes de camaradería y experimentos –hay whisky, diagramas, epifanías– seguidos por pleitos que cualquier espectador que siga en la sala verá venir: Igor se niega a ayudar a Victor, que insiste en armar a su (no tan) moderno Prometeo. El desenlace, sabemos, incluye un castillo, una tormenta eléctrica y un gigante asesino. Por un instante pensé que la vuelta de tuerca sería la apariencia del bicho. Vaya sorpresa si hubiera sido una creación hermosa.

Es extraño que el resultado sea tan desafortunado cuando la dirección corrió a cargo de Paul McGuigan, el cerebro detrás de cuatro episodios de Sherlock de la BBC, otra historia sobre un hombre genial y su socio reticente. McGuigan dirigió el primer capítulo de la serie y, por lo tanto, fue el responsable de trasladar al popular detective al siglo XXI. Su fórmula fue serle fiel a las novelas de Conan Doyle y emplear un estilo fresco, mas nunca condescendiente, que incluía mensajes de texto en pantalla y cortes rápidos para representar el proceso de deducción de Sherlock Holmes. Con esa chamba bajo el brazo, McGuigan era el candidato ideal para abordar al Dr. Frankenstein. Por desgracia, esta vez sus destellos estilísticos –la imposición de diagramas sobre el cuadro, por ejemplo– se pierden entre tanto ruido.

Al igual que con Drácula, de Bram Stoker, cuya reinvención más efectiva sigue siendo Nosferatu, de F. W. Murnau, la mejor adaptación de la novela de Shelley es viejísima. James Whale la dirigió en 1931, volcando la historia de adentro hacia afuera, desde la trama hasta el aspecto del monstruo (él inventó a la creatura de cabeza plana, con piezas de metal en el cuello). La cinta de McGuigan no sabe cómo sacudirse su influencia. Victor Frankenstein por lo menos sirve como homenaje al ingenio de Whale.

Twitter:@dkrauze156

También te puede interesar:
Recomendación del mes: Todo documental es una ficción
Cristiano Ronaldo: el ídolo solitario
James Bond, una reliquia redituable