Opinión

El miedo a la libertad… y a crecer

 
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Nunca habíamos sido tan libres, con un mercado amplio y transnacional de fácil acceso y un Estado controlado, acorralado e indispuesto a hacer uso de sus capacidades y atribuciones fundamentales, como por su lado intentan hacerlo los tripulantes de las naves alemana, italiana y francesa. Como lo hizo nuestro socio mayor bajo el comando del presidente Obama y sus recursos ejecutivos acompañado por el desusado activismo del Banco de la Reserva Federal.

Libres somos, sin duda, pero temerosos de ejercer esa libertad para mejorar, enmendar, enderezar una economía política escorada y aletargada, ahora presa del acoso de sus añejas vulnerabilidades. No es sólo la finanza pública la que flaquea sino el aparato productivo todo, el moderno y el rezagado, el que pone de manifiesto los endebles cimientos del cambio estructural globalizador de fin de siglo.

Este miedo a la libertad se condensa hoy en la embestida furibunda contra la deuda pública, y en particular, contra un mayor endeudamiento del Estado. El FMI, a pesar de lo fallidas que han resultado sus recetas para nuestro país, por boca del inefable doctor Werner, ha advertido “que se nos puede salir de control el endeudamiento a mediano y largo plazo”. Poco que ver con las reflexiones críticas de la austeridad que hacen hoy desde adentro del propio Fondo.

Desde la defensa del futuro de nuestros hijos a quienes, se dice, no queremos heredar deudas, hasta la referencia a fantasmales coeficientes que determinan sin apelación alguna los límites de la deuda, el embate desemboca en la exaltación de las virtudes teologales del recorte y la austeridad de las tijeras, cuando no en el reclamo de mano dura en Hacienda y el Interior, para poner en orden a los “gastalones” burócratas y disciplinar a los afectados por el ajuste que osen protestar.

La deuda para nuestros descendientes puede ser mayor que la registrada en el presente si se hace otra contabilidad: lo que implica dejar de hacer hoy para pagar lo que se debe. Podríamos descubrir, de hacer otro ejercicio contable, que ese potencial desperdiciado, no realizado o pospuesto sin posibilidad alguna de recuperarlo, deja a hijos y nietos más inermes y al descubierto que con una deuda equivalente a 50% del PIB actual.

Otra opción es preguntarse qué pasaría con dicho coeficiente si el PIB creciera por varios años 5%, gracias entre otras cosas a una deuda dedicada con rigor a fomentar la inversión, ampliar la educación y fortalecer el acceso a la salud pública. Tal coeficiente sería menor y las capacidades nacionales mayores, lo que acrecería el espacio fiscal y la capacidad de pago del Estado.

Pero lo que está debajo de esta furia es otro temor, éste sí fundamental: la persistente fragilidad de las cuentas externas, ahora transformado en peligro inminente: la tendencia del déficit comercial externo a subir a pesar del comportamiento tímido de las importaciones y de que las ventas foráneas han podido mantener un desempeño positivo a pesar del mundo decaído que nos rodea. La caída de los petroprecios precipitó este desliz mayor que, al expandirse, sin duda pone en peligro el equilibro externo.

El viejo “talón de Aquiles” del desarrollo mexicano, como lo llamara el historiador Enrique Cárdenas, reaparece como invitado no previsto y hace sonar todas las alarmas; en las “calificadoras” y en los corredores hacendarios. Primero lo primero, se dicen los unos a los otros y hay que poner la casa en orden. Para ello, se predica en elemental silogismo, es inevitable recurrir a la austeridad para consolidar las finanzas del reino, lo que en nuestro caso significa abatir la demanda efectiva por el lado de la inversión y el consumo masivo, con el propósito de someter las importaciones a control estricto, eso sí, sin tocar y menos afectar las reglas del libre comercio. Y el círculo de hierro se cierra al rojo y culmina con la reducción añadida, para éste y los años que siguen, de la tasa de crecimiento de la producción y el empleo.

Misión cumplida, podrán decir los “deudófobos” pero sigue sin hacerse el inventario de daños y posposiciones. Esperemos que lo hagan pronto los legisladores, antes de entrar al casino a media luz en que se ha convertido la discusión constitucional sobre los impuestos y los gastos. Antes y no después de la lluvia lodosa que nos puede caer sin truenos de aviso.

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