Opinión

El letargo del campo mexicano y la apertura comercial

Este año el Tratado de Libre Comercio de América del Norte ha cumplido 20 años de su entrada en vigor. El debate sobre los éxitos que ha tenido el mismo es amplio. Por un lado, están los defensores quienes arguyen el éxito asociado a las exportaciones y su dinámico crecimiento a partir de la apertura comercial y las fuertes entradas de inversión extranjera directa (IED). Por el otro, los detractores que si bien mencionan que las exportaciones han incrementado, también lo han hecho las importaciones, dejando muy poco margen para la generación de valor agregado en México. A su vez, las IED han venido a colocar muchos proceso de ensamble o, si bien son de alta tecnología, el valor agregado añadido en México sigue siendo magro.

El caso de la agricultura es un sector del aparato productivo nacional aún más complejo que la industria, pues en este caso no se puede adjudicar que el TLCAN empeorara las condiciones del campo mexicano. Indagar las causas implica remontarse a los procesos históricos donde formas de propiedad y de aprovechamiento se han ido amalgamando hasta conformar una estructura abigarrada en el agro mexicano. Sin embargo, dados algunos datos, pueden hacerse algunas conjeturas de la evolución del agro en el periodo de apertura comercial.

El Producto Interno Bruto del sector primario que comprende: agricultura, ganadería y pesca, creció a una tasa promedio de 1.59 por ciento para el periodo 1993 y 2012. Para el mismo lapso, la agricultura creció a una tasa promedio de 1.39, ganadería y silvicultura de 2.5 y -0.35, respectivamente. Dentro de este ritmo de crecimiento, es importante señalar que al igual que muchos productos mexicanos, las exportaciones (medidas en términos monetarios) crecieron exponencialmente en el periodo de apertura comercial, lo cual también ocurrió en las importaciones aunque en menor medida. Sin embargo, al calcular la tasa de exportaciones sobre importaciones en volumen, esa brecha disminuye y para el periodo de apertura comercial el promedio es de 7.8 toneladas exportadas por una importada, menor al periodo de apertura comercial aunque más estable, lo cual se puede adjudicar a movimientos del tipo de cambio y a la inflación que las materias primas han sufrido a nivel mundial. El importar menos toneladas por tonelada exportada implica una pérdida en los términos de intercambios físicos en los productos primarios, aunque también un incremento en la competitividad, pero recordemos que la producción de productos primarios implica erosionar recursos cuyo proceso de regeneración es tardado.

Otro dato que se puede adjudicar como exitoso es la extensión y ampliación de las hectáreas cultivadas, póstumo a la apertura comercial. La superficie sembrada, en frutas y verduras, paso de 100 mil hectáreas a 245 mil. Este aumento, sin embargo, estuvo acompañado de una concentración en la producción, particularmente en los grandes emporios agroindustriales, que integraron sus procesos verticalmente, es decir, producción primaria y procesamiento de alimentos. Esto tuvo como resultado que el grueso de la población rural no se viera beneficiada de dicha apertura comercial e incluso ante tal competencia superior en términos marginales y absolutos, implicó el abandono de la producción y el aumento de la migración.

Esto como resultado de lo regresivo que es el sistema de subsidios en el agro mexicano. A saber, 10 por ciento de los productores con más tierra concentran entre 50 y 80 por ciento de subsidios. Dejando así a 90 por ciento, en su mayoría pequeños productores, sin ningún apoyo económico o con ayuda magra. Contrario a lo que pasa en países como Japón o Estados Unidos, donde los subsidios si bien están concentrados, son altos en comparación con México, en pos de minimizar la dependencia alimentaria.

El sector primario mexicano, durante el periodo de la apertura comercial, ha experimentado una suerte de especialización que no es muy plausible en la agricultura, es decir, hubo una caída en la producción de productos básicos como frijol, trigo, arroz, carne, con una dependencia alimentaria (porcentaje de importaciones sobre consumo total) de 97, 52 y 24 por ciento, respectivamente. Lo que se ha producido es una vulnerabilidad alimentaria y dependencia de los mercados internacionales, sujetos a los llamados “shocks” de oferta y a movimientos en el tipo de cambio.

Esta dependencia se ve reflejada en los resultados de la balanza comercial, donde si bien se han dinamizado las exportaciones de bienes primarios, también los han hecho las importaciones, dejando, para el periodo de apertura comercial, un déficit en la balanza comercial alimentaria. La apertura comercial dinamizó las exportaciones agropecuarias más no al campo mexicano en su conjunto, ni tampoco a la economía en su conjunto. Se generaron dos “Méxicos”. El primero, que está incorporado al mercado mundial con exportaciones dinámicas y tecnologías de punta, aunque concentradas en pocas manos. Sólo 6.0 por ciento de los productores exportan. Del otro lado, los pequeños productores, principalmente de autoconsumo, los cuales no están ni siquiera ligados al mercado interno y, si lo están, es mediante intermediarios recibiendo así precios paupérrimos por sus productos.

Si bien se lograron colocar cultivos en el mercado mundial como el aguacate y jitomate, entre otros, habrá que ser cuidadosos en la política extensiva de la actividad agropecuaria pues, como ya se ha mencionado, ésta ocupa un recurso cuya regeneración es más lenta: la tierra. A su vez, la especialización en la producción de pocos productos conlleva a una dependencia alimentaria y a un mal aprovechamiento del suelo, dada la explotación intensiva de un solo producto. Por ende, la apertura comercial ha beneficiado sólo a un grupo reducido de empresas agroindustriales y condenado al rezago tecnológico y de condiciones de vida a los campesino tradicionales, que también tradicionalmente han sido el grupo más vulnerable dentro de la política económica mexicana, más allá del TLCAN, pero donde este último parece que sirve de motor para perpetuarlas.

El autor es catedrático de la Facultad de Economía de la UNAM.

Correo: semerena@unam.mx