Opinión

El lejano fin de la violencia en México

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Servando Gómez Martínez 'La Tuta' fue presentado en el Hangar Presidencial. (Tomada de Presidencia)

El 12 de febrero el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, aseguró en un discurso en Mérida que México está en los mejores niveles de seguridad de los últimos diez años. Quince días después de ese mensaje, la Policía Federal detuvo en Morelia a Servando Gómez, alias La Tuta; a los cinco días de ese golpe, el gobierno anunció otra gran captura: Omar Treviño, apodado El Z-42, cayó en Monterrey.

Lo anterior, sin dejar de ser importante (sobre todo las capturas), no debe convertirse en la versión única –ni prevaleciente– del problema de la violencia en México.

Una visión global de la inseguridad en nuestro país demanda tener presentes, para empezar, otros hechos que han ocurrido en las mismas semanas en que se daban los éxitos gubernamentales.

El 6 de marzo, por ejemplo, The New York Times publicó un reportaje sobre la cancelación, por temor a la violencia, de un ultramaratón en al Sierra Tarahumara. Horas después de darse a conocer ese artículo, dos encuestadores del Inegi fueron reportados como desaparecidos en esa zona de Chihuahua, misma en donde la semana pasada hubo balaceras y muertos.

Otro caso. El 26 de febrero, un día antes de la detención de La Tuta, la doctora Rossana Reguillo comenzó a recibir amenazas de muerte vía redes sociales. Reguillo es una de las más destacadas expertas en jóvenes en México, conferencista internacional, académica del Iteso y de la Universidad de Guadalajara; ha sido también protagonista de las marchas por la desaparición de los 43 de Ayotzinapa y desde hace mucho es una de las más lúcidas críticas de las políticas de seguridad (es un decir) del actual y del anterior gobiernos federales.

Estamos pues ante dos planos de la misma realidad. Son tan importantes las detenciones de algunos personajes de la lista de los más buscados, como los sucesos que siguen demostrando la fragilidad (¿o deberíamos decir inexistencia?) de instituciones que garanticen la seguridad de unos corredores (muchos de ellos extranjeros, por cierto) o de académicos críticos del sistema.

Probada como está la capacidad de la administración para detener o anular a los líderes de los cárteles (incluido por supuesto Joaquín Guzmán Loera), el presidente Enrique Peña Nieto ha de evitar la tentación de borrar de su agenda el tema de la inseguridad. Esta asignatura está lejos de quedar solucionada.

Porque sin desestimar el mérito de las detenciones de capos, no es exagerado decir que a la postre puede resultar más fácil detener a La Tuta que construir una policía honrada y efectiva en decenas de ciudades del país. Sobre todo porque si Michoacán hubiera tenido una Policía digna de ese nombre, la carrera criminal de Servando Gómez no habría sido como la conocimos, ni altas serían hoy las posibilidades de que surjan otros que quieran adueñarse de los negocios criminales que antes fueron de los llamados templarios.

Los grandes golpes sólo significarán algo si corren paralelos a la construcción de instituciones que permitan contener al máximo los intentos de una criminalidad que buscará refugio en pequeñas poblaciones, según ha alertado el especialista Eduardo Guerrero.

Con lo anterior en mente, urge que el gobierno dedique menos esfuerzos a cuadrar cifras que justifiquen su triunfalismo. Qué bueno que la tendencia de homicidios sigue a la baja y que importantes delincuentes sean detenidos, pero falta mucho para que transitar por México, como en Chihuahua, o criticar a gobiernos y criminales, como lo hace Rossana Reguillo, deje de ser algo de alto riesgo.

Twitter: @SalCamarena

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