Opinión

El laboratorio de Peña Nieto

   
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  [Documentos divulgados en septiembre indican que la NSA recogió los mensajes de texto del presidente Enrique Peña Nieto cuando era candidato / Cuartoscuro]

Las cosas definitivamente no estaban planeadas que sucedieran de la forma como se acomodaron, pero el conflicto en Oaxaca se convirtió en el primer laboratorio de pruebas para tres aspirantes a la candidatura presidencial del PRI en 2018: los secretarios de Gobernación, Educación y Desarrollo Social. El presidente Enrique Peña Nieto puede ver, en privado y en público, su desempeño y la forma de cómo la mejor estrategia resulta en los mayores beneficios para el gobierno. El desafío es grande, por la complejidad del conflicto en Oaxaca y el dilema de usar la fuerza o la negociación, que corre contra el tiempo y la credibilidad gubernamental para superarlo.

El nuevo conflicto en Oaxaca inició, como hipótesis de trabajo, en la búsqueda de posicionamiento del secretario de Educación, Aurelio Nuño, en la carrera presidencial. Peña Nieto, que se había resistido a soltarlo para que caminara solo, le abrió la puerta para que mostrara sus alas para volar. Nuño había sido una pieza central en la negociación del Pacto por México, pero no era lo mismo operar en la sombra del presidente que encontrarse solo en el aparador. Comenzó muy bien Nuño, pero se engolosinó. Se embarcó en una lucha frontal contra los maestros disidentes y los vio heridos de muerte. Entonces convenció al presidente de que meter a la cárcel a los líderes de la Sección 22, Rubén Núñez y Francisco Villalobos, sería el final de la disidencia magisterial. El secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong se oponía, pero Peña Nieto le creyó a Nuño.

Su captura a mediados de junio cambió el metabolismo de la protesta. Una semana después de sus detenciones, ardió Oaxaca con Nochixtlán y sus nueve muertos y decenas de heridos, como el emblema de la intolerancia. Molesto con Nuño, Peña Nieto encargó a Osorio Chong restablecer el orden, quien desplazó a Nuño, retomó la comunicación con la disidencia magisterial e invitó a sus líderes a un diálogo. Nuño estaría excluido, y su único represente, Mauricio Dávila, jefe de su oficina, fue un convidado de piedra. El planteamiento público del encuentro incorporaba una agenda falaz: no sería un diálogo sobre Educación, sino por la recuperación de la estabilidad y la paz social en Oaxaca.

Al encuentro con Osorio Chong fue una treintena de líderes magisteriales de todo el país. La primera demanda fue la derogación de la reforma educativa. Osorio Chong quiso repetir lo que hizo Manuel Camacho cuando, en 1994, convenció al entonces presidente Carlos Salinas de que lo nombrara comisionado para la paz en Chiapas y establecer una mesa de negociación con el EZLN. La estrategia fue ganar tiempo y mantener al EZLN sentado en la mesa de diálogo mientras se llevaba a cabo la elección presidencial. Osorio Chong no tiene el talento que tenía Camacho, ni tampoco los tiempos estaban tan claros. En 1994 era vender el cielo azul durante seis meses y posteriormente administrar el conflicto en eternas pláticas en San Cristóbal de las Casas. En 2016 no existe aquél horizonte y no encontró Osorio Chong qué ofrecerles a cambio del desgaste político.

Si los primeros días fueron de esperanza para restablecer la paz, la falta de una operación política que contuviera a los maestros mientras dialogaban permitió que la disidencia magisterial incrementara su presión con más bloqueos, mítines y movilizaciones. Algo había pasado. Si a Camacho el EZLN lo trató como un prospecto real para la presidencia –en el escenario de que el candidato priista Luis Donaldo Colosio podría ser removido por Salinas–, a Osorio Chong no lo trataron los maestros con similar deferencia. La falta de credibilidad entre un gobierno y otro mostró los costos de una presidencia débil. Osorio Chong se quedó en el pantano. No habría diálogo si no suspendían los maestros los bloqueos carreteros, dijo; no habría levantamiento de bloqueos si no había un diálogo serio, respondieron los maestros.

El secretario amenazó con la fuerza, pero al no cumplir, le dio tiempo a los maestros para que se burlaran del gobierno con una nueva estrategia: bloqueos intermitentes, de día y no de noche, con lo que el costo político de desalojarlos aumentaba. Con Nuño anulado y Osorio Chong atrapado, otro presidenciable entró al escenario, José Antonio Meade, secretario de Desarrollo Social. El tema fue el desabasto de víveres y cómo resolverlo. Preparó un puente aéreo con la ayuda de su amigo, el secretario de la Defensa, que en tiempos de paz mostró escenas de guerra y desgracia. Pero al final, cumplió su objetivo: mandó alimentos a comunidades que viven de autoconsumo y que por esa razón, en realidad, no se estaban muriendo de hambre.

Meade, que no tenía boleto para este momento, aprovechó la oportunidad que se le presentó inesperadamente. Nuño, que jugaba para ganar todo, ha perdido casi todo. Osorio Chong es un misterio aún. Hasta ahora parece querer repetir los fuegos pirotécnicos del pasado, donde hay mucha escenografía, construcción de imágenes y poca sustancia. Pero también puede estar jugando una estrategia de alto riesgo, como la usada por el secretario de Gobernación Luis Echeverría, en 1968, de permitir el incendio estudiantil para después apagar el fuego, y ser el inevitable candidato a la presidencia. No tiene la creatividad teórica de Camacho, pero sí el manejo político corporativo de Echeverría.

Los maestros son catalizador de esta prueba de capacidad, que le ayudará a Peña Nieto a ver cómo en momentos de crisis los suyos salieron adelante o se hundieron.

Twitter: @rivapa

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