Opinión

El ingenuo subsecretario

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Ceteg. (Natividad Ambrocio)

Probabilísticamente hablando, era cuestión de tiempo para que la Coordinadora de Trabajadores de la Educación, tuviera un mártir. Este martes, finalmente, tras medio año de provocaciones calculadas a las fuerzas federales y confrontaciones, Claudio Castillo Peña, profesor de primaria egresado de la mítica normal de Ayotzinapa, murió por los golpes recibidos durante el desalojo que hizo la Policía Federal en la lujosa zona de Punta Diamante, en Acapulco. Combustible para la disidencia magisterial, organizadora y articuladora de la revuelta social en el sur del país desde hace unos 18 meses, con la ayuda involuntaria –quiere uno pensar– del subsecretario de Gobernación, Luis Miranda.

Sin él, la disidencia magisterial sería lo que siempre fue, un grupo de presión acotado a cuatro estados. Por él, la Coordinadora es actualmente un movimiento social y político con presencia en el 70 por ciento del país, capaz de frenar las reformas constitucionales del presidente Enrique Peña Nieto y tener de rodillas al gobierno federal y varios estados, incapaces de frenar su beligerancia y escalada táctica de fuerza y propaganda que busca, en primera instancia, la derogación de la reforma educativa, al menos en Oaxaca, Guerrero, Chiapas y Michoacán, y en segunda, la cancelación de las elecciones para gobernador en Guerrero en junio próximo.

Miranda es su pilar inopinado, a quien han usado los maestros disidentes, lo han manipulado y le han arrancado dinero y poder, que es lo que les permite seguir incendiando el país. El subsecretario no está rebasado ahora. Siempre lo estuvo al no saber nunca negociar con la disidencia magisterial, que lleva cuatro décadas realizando la misma estrategia de tres fases: movilización-negociación; confrontación-negociación, y confrontación-receso. Miranda, que no quería la violencia, siempre les cumplió sus deseos y les abrió la chequera del gobierno. Les dio plazas, que significaban recursos, contraviniendo la reforma educativa, y llenó las tesorerías de la Coordinadora con más de 10 mil millones de pesos en menos de dos años. También fue su promotor ante los gobiernos estatales a quienes obligó a que tuvieran representación de la disidencia magisterial, inclusive en entidades donde nunca habían existido.

Gran promotor de la insurrección mexicana, forma parte del núcleo de la aristocracia mexiquense que tiene en Atlacomulco la capital del reino. Forma parte del grupo político al que políticos mexiquenses agraviados por el ascenso meteórico de un puñado de jóvenes, los bautizaron como Los Golden Boys. Los encabezaba Miguel Sámano, el poderoso secretario particular del gobernador Arturo Montiel, quien tenía dos patas: Carlos Rello, coordinador de su campaña para gobernador y secretario de Economía, y Miranda, subdirector de Asuntos Jurídicos, y responsable de establecer y mantener las relaciones políticas con las celebridades del PRI, como el expresidente Carlos Salinas. Atrás, prudente, casi tímido, estaba Enrique Peña Nieto.

El grupo se fragmentó, y el ascenso de Peña Nieto fue dejando víctimas entre los viejos camaradas. Rello, vinculado aún a Montiel, está en el sector privado; Sámano, arrumbado como diputado verde sin lustre. Miranda consolidó su relación con Peña Nieto. El hombre de las leyendas sobre las bóvedas de billetes que tiene la clase política mexiquense, de todas las confianzas de Montiel, se convirtió en operador incondicional de Peña Nieto, quien lo arropó. Secretario de Gobierno en la administración peñista en el estado de México, y responsable de resolver los problemas, se caracterizaba por ser un político primitivo, que pensaba que las soluciones se daban con dinero. No tenía creatividad ni talento como negociador. “Todo lo resolvía con dinero”, dijo una persona que lo conoce desde hace más de una década. Como presidente, Peña Nieto lo colocó como cuña a su amigo Miguel Ángel Osorio Chong en Bucareli, donde lo nombró subsecretario del ramo, para hacer lo que hacía en Toluca.

Como varias veces se ha expresado en esta columna, nunca entendió que Toluca no era México. Pero Miranda, con la confianza de su compadre el presidente, el único con quien Peña Nieto bebe whisky, juega regularmente golf los domingos en Ixtapan de la Sal y lo invita a pasar la navidad juntos, hizo lo mejor que sus capacidades le permitían con la Coordinadora: dinero, concesiones y prebendas. Adoptó como asesor de cabecera al exgobernador José Murat, junto con quien mangoneaban a los funcionarios para satisfacer las pretensiones de la disidencia magisterial. Obligaron a los subsecretarios de Hacienda y de Educación a entregar plazas y recursos a la Coordinadora, forzando los recursos para que salieran a través del ISSSTE, mediante el juego de apagar el cerillo aunque creciera el incendio en el bosque.

Si el dinero era inagotable en Toluca, en el gobierno federal no. Sin dinero, Miranda alcanzó su Principio de Peter, o sea, su nivel de incompetencia. Su amigo el presidente, que no tiene empacho en regañarlo tantas veces sea necesario, no corrigió el camino que Miranda diseñó con los maestros rebeldes. Los resultados son las movilizaciones permanentes, violencia en las calles, debilidad institucional, ausencia del Estado de derecho y reforma educativa trunca. En marcha está la insurrección y la disputa por el poder, donde todos los días se van agotando las opciones del Estado mexicano para enfrentar la inestabilidad y restaurar la gobernanza. Miranda es el arquitecto de este desastre institucional, quien por ingenuidad llevó al país a estos niveles de desacuerdo nacional. Pero algo habrá en su favor cuando se escriba la historia de estos momentos: nunca se mandó solo.

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