Opinión

El gobierno, en campaña

   
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Videgaray y Peña. (Reuters)

Una semana después de la visita de Trump a México, el presidente Enrique Peña Nieto ha decidido repetir la fórmula de los cambios que hacia fuera parecerán movimientos cosméticos, anuncio que durará lo mismo que un ciclo noticioso: unos cuantos clics. Nos vemos en la próxima crisis, en la próxima crónica de una oportunidad perdida de esta administración, en la siguiente baja de popularidad…

Sin embargo, los movimientos en el gabinete anunciados ayer son la señal de que la hora del atrincheramiento electoral ha llegado: Videgaray podría preparar las armas del peñismo en 2017 y 2018; Meade, a cuidar la retaguardia de la economía, y Miranda a lo suyo, que claramente no es discutir con el Coneval la retropolación de las cifras de la pobreza. A Miranda lo liberan de la CNTE y le encargan la operación de las clientelas nacionales.

Siempre se puede poner peor, ya se sabía, pero la capacidad de este gobierno de tentar al destino es pasmosa. Cuando más se esperaba de esta administración una señal de que entendía que debe y puede cambiar, rectificar, abrirse, de que son capaces de integrar a otros actores, sumar agendas y sectores, etcétera, cuando urgía que se mostraran democráticos, visionarios, el presidente reiteró su vocación sectaria, incluso para parámetros del PRI: de todos los priistas en el país, para Peña sólo son útiles o dignos de ser llamados aquéllos de su terruño y larga querencia.

Estos cambios no fueron pensados para ganar legitimidad. Porque hasta eso confunden: no entienden que la popularidad no es aplausómetro, sino un indicador (no el único, pero sí uno clave) de la legitimidad. Los cambios sin modificación de rumbo o método suponen una torcida congruencia del equipo que no se ha movido ni un ápice en la imposible defensa, por ejemplo, del error de la invitación al candidato republicano.

Pero lo más importante, porque habrá de paralizar el país al meternos desde ya en la polarización electoral, es que este miércoles Peña refrendó lo que ya había dicho a su gabinete y a los diputados priistas: el presidente hoy sólo tiene un objetivo, no hay más agenda que la que garantice que entregará la banda presidencial a otro tricolor. Todo queda supeditado a ello. Todo.

Si Videgaray paga un alto costo operando visitas de Trump, pues que ahora opere todo sin la carga de la obligación, ni siquiera de la obligación formalista, de rendir cuentas, de explicar sus actos, que no son otros que los del presidente Peña Nieto. El ascendente del hasta ayer secretario de Hacienda seguirá en todos aquellos que nombró en distintas secretarías, gubernaturas y demás organismos. Y todos ellos, comenzando con Meade, operarán con la mira en las elecciones bajo la batuta de Videgaray. Y a Miranda tocará, desde la Sedesol, cerrar la pinza de lo que defina el estratega de siempre de Peña Nieto.

El mandatario, que al inicio de su presidencia dijo que no tenía amigos, resultó que sí tiene, y que a unos les da todas las chambas de operación política, siempre a los mismos, mientras que a otros, a los de afuera, les da contratos. ¿Habrá que agradecer que los amigos sean, por lo que sabemos, pocos?

Algunos de esos amigos, los que trabajan desde adentro del gobierno, cambiaron ayer de asientos, pero no de misión.

El gobierno se lanza a la campaña. A una campaña de veintiún meses. Adiós a los acuerdos en el Congreso, adiós a recuperar gobernabilidad. Las reformas en piloto automático y los amigos a ganar las elecciones.¿Listos? Pues aunque no, aquí vamos.

Twitter: @SalCamarena

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